• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

Al instante

Tiene mucho sentido defenderla

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Como bien decía Aquiles Nazoa, “una sonrisa compartida es un gesto de solidaridad humana”; y la afirmación de Chaplin de que el humorismo es “la cura contra la solemnidad” mantiene su vigencia, habida cuenta de tantos personajes que juegan a ser solemnes, siendo en realidad símbolos de una farsa estrepitosa.

El poeta Luis Pastori consideraba que el humorismo ha sido un elemento clave en la formación de la personalidad del pueblo venezolano, el cual en circunstancias difíciles reacciona con manifestaciones festivas y divertidas que le permiten sobreponerse. Por ello Alberto Quirós Corradi, entonces director de este diario, definió dicho humor como “un instrumento de supervivencia”. Ramón Escovar Salom afirmaba la existencia de una sonrisa popular “no obstante que la pintura épica y los rostros de los viejos caudillos todavía nos quieren asustar desde sus retratos”; y no deja de estar  justificada la celebración de Carlos Gottberg, de que en Venezuela se juntaran “la  jarana negra y la cháchara andaluza”, pues “desde entonces es tierra de gracia la nuestra y el venezolano toero de oficios y torero de vicisitudes con la muleta de la risa”.

Sombra funesta de nuestro humorismo lo ha sido la censura, que se hace sentir cuando la barbarie percibe temerosa los avances del talento, o a priori cuando es primaria la condición del que “juzga” y decide. Además de la autocensura y la censura interna de las redacciones, hay una procedente de varias fuentes y traducida en acciones represivas, impuestas usualmente por funcionarios de gobierno y ejecutadas por cuerpos policiales, de manera que a nadie ha escapado el carácter oficial de las tropelías. Hoy y desde hace rato, asistimos a una variante “revolucionaria”, pues ahora se trata de gavillas de gente armada, motorizada, de bandas del régimen instigadas y con evidencias de hasta impunidad garantizada, lanzados a agredir tanto a los humoristas como al público que a ellos se acerque en ánimo de compartir una genuina identificación con lo esencial del país, una sana alegría por una festiva tradición, una opinión política en uso democrático de una verdadera libertad de expresión.

La reiteración de las agresiones y la extrema violencia de las mismas, alguna vez han obligado a los humoristas venezolanos a salir a la calle a denunciarlas y a demandar legalmente un “amparo a la risa”; acción a la cual no faltó quien la burlara, pero que sirvió como evidencia del creciente rechazo social a quienes desde el poder, se empeñan en desvirtuar incluso la cordialidad y la bonhomía que siempre han sido rasgos esenciales de nuestra conducta colectiva.

A través de la revista Quevedos de la Universidad de Alcalá de Henares, hemos sabido que en el II Congreso de Humoristas celebrado en octubre del año 2000 en esa ciudad, fue creada la Organización de Naciones Unidas por el Humor (ONUH), a fin de “conformar un auténtico foro de unión y debate” que junto con revalorizar el oficio de humorista, “defienda y reivindique el carácter universal del derecho a la sonrisa”.

Termino reiterando que el humorismo tiene un acento humano, que deriva y se nutre de la conciencia de la distancia que separa la realidad existente, de la deseable, y por eso se opone a cuanto atente contra la dignidad  de las personas. Situación particularmente difícil en la Venezuela actual, dado que el régimen al frente de ella además de conocido por su mediocridad, ignorancia, inclinación al delito, y crueldad, parece sumar a su afán destructivo llevar el país a las más miserables condiciones, y a todos nosotros a un estado de anulación tal, en el que nuestro hundimiento conlleve la desaparición precisamente de nuestro espíritu, incluida su sonrisa.