• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

Al instante

Lo rodea una cerca

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Siempre sentí gran admiración por quienes fueron capaces de dedicarse a tales ejercicios de observación e imaginación, para representar gráficamente el Cosmos y la Tierra en particular; primero como portentos de diseño e impresión anticipados a lo permitido por el telescopio y el microscopio, como posibilidades reales de exploración del espacio y de la intimidad de la materia; y luego por la asombrosa exactitud de muchos de esos cálculos y trazos.

Los mapas de antigüedad histórica son en su mayoría de notable belleza y a ello se suma el constatar cuán acertados fueron esos cartógrafos y navegantes; así, en esta era del jet podemos seguir desde lo alto el perfil de una costa e identificar lo aprendido en los libros de geografía, y más cuando los satélites nos dan desde el espacio y en hermosas fotografías la imagen completa y perfecta de un continente; o al ver el trayecto de un río o un sistema montañoso en toda su extensión. Es invalorable el placer de percibir el esplendor del paisaje revelado.

Lo ingrato surge cuando este esférico bien común es repartido en porciones, y se ponen los llamados límites para marcar el área de cada una; al poblarse la superficie de letreros indicando que el lugar es “propiedad privada”, y se obliga a los escolares a repetir de memoria qué países rodean y en cuál punto cardinal, al que está en estudio. Camino que ha llevado a ser éste un planeta con propietarios, algunos identificados como superpotencias por su capacidad económica y bélica para apoderarse y mantener bajo control extensas zonas del mismo. Pensando en la posible existencia de vida y habitantes en otros cuerpos celestes, afloran dudas de si también sus superficies estarán fragmentadas por acuerdos o como resultado de guerras, si saben de disputas por linderos, y sobre todo si son afectos al engendro conocido como determinismo geográfico.      

Aníbal Nazoa habló, en la bella letra que escribió para una canción, del significado de esa línea dibujada con puntos y rayas en los mapas para hacer de los países compartimientos bien demarcados, de ese artificio convencional con tropas a cada lado que de facto separa y de manera aún más aberrante enfrenta a los pueblos. Neruda se refirió a la posesión y venta de la tierra y el agua, definiendo el aire como un patrimonio de todos exento de eventual negociación; hoy tendría que denunciar en otros versos a quienes sin que les pertenezca se permiten contaminarlo con toda clase de impurezas, y lo envilecen usándolo como transportador en la guerra bacteriológica y en otras formas de agresión al hombre.

Es el nuestro un mundo lleno de “indocumentados”, braceros y espaldas mojadas, de multitudes condenadas a desplazarse, a abandonar el que seguramente  consideraban “su” lugar, para ir a la búsqueda de otras oportunidades, de abrigo y pan, de una paz ansiada, o de la simple posibilidad de sobrevivir. Asistimos a una sucesión interminable de atropellos, de genocidios para despojar de la tierra a sus pobladores originales, por ambición de particulares o como política de estados empeñados en rodar la cerca, en llevar cada vez más lejos los puntos y rayas que les hacen de bordes.  

Las migraciones no han cesado en ningún momento, y se han diversificado sus causas, dimensiones, características e implicaciones. En el acontecer contemporáneo son dolorosamente familiares las imágenes de grupos de seres humanos recorriendo a pie o en carretas, con cajas y maletas amarradas de prisa, o cargando al hombro sus pocas pertenencias, calles y campos que llevan a ese otro punto que miran esperanzados. Viene a ser así nuestra visión personal de la geografía, la que está llamada a profundizar en el significado humano de la misma.