• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

Al instante

Un repaso

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

 

Cuando se piensa en el fenómeno de la censura, en sus implicaciones intelectuales, morales, políticas, culturales y sociales, y en la tendencia o abierta inclinación a aplicarla que muestra tanta gente en posesión de alguna cuota de poder, por principio se está de acuerdo en considerarla como un mal y en señalar la dificultad de abolirla. Suerte de fantasma con forma de tijera o de lápiz rojo, es una vieja y arraigada perversión, y la mejor demostración de que se está consciente de su carácter aberrante, es la reacción de supuesto agraviado de todo aquel que es acusado de practicarla.

Descontando las dictaduras, en que su aplicación es rutinaria y sumada a otras formas de represión, en los años de vida democrática ella ha seguido pendiendo sobre los medios de comunicación, y en muchas ocasiones más que pender se ha hecho sentir con todos sus efectos. Además de la autocensura que en determinadas circunstancias se imponen algunos creadores, por temor, conveniencia o cualquier otra razón, existe una censura interna palpable en la intimidad de algunas redacciones y unidades de programación de radio y televisión, y una externa procedente de varias fuentes y en diversas formas. En los medios impresos la interna va desde la proposición abierta o sutil de enmendar un texto, hasta no publicarlo; mientras que la externa se traduce en cosas burdas como la suspensión de avisos, o hechos tan violentos como allanamientos de imprentas, clausura de publicaciones, confiscación de ediciones y encarcelamiento de periodistas y escritores.

En Venezuela un caso demostrativo ha sido el del humorismo, que siempre ha tenido en la censura una inseparable e indeseable acompañante. Humoristas como el caricaturista Leoncio Martínez-Leo y los poetas Francisco Pimentel-Job Pim, Andrés Eloy Blanco y Aquiles Nazoa, por su actitud gallarda de no transigir con la irracionalidad, fueron sistemáticamente censurados y conocieron de persecuciones, cárceles y exilio, con la invalorable compensación de haber estado siempre, y por los mismos motivos, rodeados del respeto y afecto del pueblo; asimismo ha sido un hecho afortunado que junto al memorial de censura, se disponga de una lista de las formas ingeniosas en que aquí se ha logrado denunciarla y sobre todo burlarla. Y más allá de nuestras fronteras, también han sido y son muchos los autores que han encontrado las fórmulas para hacer de los censores personajes risibles; eso hicieron, por ejemplo, escritores y dibujantes humorísticos españoles en sus revistas durante el franquismo, y Mario Benedetti en Uruguay con sus fábulas de ardillas, que rebasaban el entendimiento de los militares responsables de la censura.

Y a los censores ¿qué significado les confiere la historia? Para la valoración ética de un censor basta considerar, si de un diario se trata, que no se centra en detectar y no tolerar mentiras, calumnias o injusticias, sino que lo que lo mueve a impedir publicaciones, es que digan verdades,  juicios incontrovertibles y denuncias comprobables. Son recordados con rechazo, y en condena a su triste papel son juzgados sin concesiones: uno de los pocos aspectos en  que en buena hora nuestro país  no da muestras de ser amnésico.

 A lo dicho aquí no sería válido calificarlo de “recuento histórico” sino de “breve vistazo”, habida cuenta del apreciable número de talentosos creadores en ese campo y que con su inteligencia y agudeza han llenado tan lúcidamente los años transcurridos, merecedores de serles dedicadas innumerables páginas. Visto asimismo que la brutalidad represiva ha sido persistente, tenemos el deber de nunca olvidar nuestro irrenunciable derecho a expresar libremente, lo que sintamos o pensemos que debemos decir.