• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Algo a recordar

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Hace unos cuantos años y por largo tiempo, en el seno de la izquierda nos ufanábamos de ser “marxistas”, y unos cuantos dirigentes contribuían a que tuviéramos esa idea acerca de nuestra formación; hasta que entendimos que no era cierto que lo fuéramos, puesto que en lugar de ir alguna vez al encuentro de las obras del propio Marx, lo que habíamos consumido con carácter doctrinario eran unos folletines del Departamento de Lenguas Extranjeras de la Unión Soviética, con breves textos suyos predigeridos, y unas páginas multigrafiadas que algún camarada nos daba instándonos a “estudiarlas”. Pero mientras uno percibía el exiguo número de marxistas en verdad formados, no había dictador latinoamericano que aunque enterado de ello no justificara su brutalidad represiva, sin decir que era para frenar al peligroso marxismo internacional y sus agentes locales.

Aquí también desde hace mucho, aunque para otros fines pero con igual actitud calculada, en burdas maniobras el gobierno decidió llamar “bolivarianos” incluso a quienes se sabe que desconocen el pensamiento y las ejecutorias de Bolívar. Cual comodín, el apelativo les ha servido de amparo a deplorables tropelías y a descarados actos de corrupción, de apellido a la “revolución” y sus “comandantes”; exaltando en uso tramposo, como virtudes bolivarianas, precisamente algunas de las perversiones que él condenaba, y no permitiendo al pueblo conocer a Bolívar en su ideario ni en su real dimensión humana, sino cargado de consignas efectistas fáciles de memorizar y repetir.

Ha habido y hay quienes con descaro se presentan como herederos de su gloria, siendo que él era implacable contra los corruptos; valiente en su desempeño militar y negado a aceptar conductas de perversión ética; fue un visionario en lo histórico y lo político, un ciudadano de conducta digna, un hombre sensible y culto respetuoso de las leyes de la nación que se iban creando, y un venezolano probo, ajeno a manchar con actitudes vergonzosas su carácter de conductor de los ejércitos libertadores, o su condición de estadista. Se requiere revisar y divulgar con rigurosa objetividad su obra y sus concepciones del Estado, de la sociedad, de los derechos ciudadanos, de las libertades públicas, y del papel encomendado a los hombres de uniforme.

Es deber del Estado garantizar la seguridad de las personas a partir de la valoración del ser humano en su unicidad y de la vida en su singularidad, sin esperar para actuar como hoy sucede, que las víctimas integren un doloroso plural, pues padecemos situaciones y cifras delictivas que son motivo de vergüenza ante la comunidad internacional. No fue Bolívar un organizador de bandas armadas ni un movilizador de huestes terroristas, y jamás lanzó contra el pueblo gavillas agresivas en función de amedrentarlo; siendo un maestro en el habla y la escritura, estuvo negado al uso de una retórica manipuladora con la cual sacar ventaja de la ignorancia o el fanatismo de algún seguidor. Nuestra toma de conciencia debe incluir la noción de la dimensión real de los hechos.

Urge restablecer la respetabilidad de los poderes públicos, y está visto que no basta con la recuperación de las calles ni con no temerles a los bravucones que hoy ejercen el poder, sino que también es necesario cual compromiso de honor, recuperar el nombre y lo que conforma el ejemplo vital de Bolívar, sin que seamos atrapados en las costosas y manipuladoras vallas oficiales sino percibiendo de él sus aportes y analizando debidamente su solidez conceptual, con el cuidado y a nombre de nuestro sentir político y patriótico, de no caer de vuelta en un culto irracional que lo deifique.