• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Ildemaro Torres

¿Y eso de la probidad?

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El empeño oficial de amedrentar a la población para generarle angustia y un terror paralizante, unido a lo que los uniformados tratan de imponernos como forma de vida, nos obliga a insistir en denunciarlos y enfrentarlos.       

Lanzar contra una multitud estudiantil inerme y en marcha pacífica, cuerpos armados superequipados y en actitud de quienes van a batirse en guerra con un enemigo brutal, es un acto cobarde y de máximo salvajismo. Igualmente execrable hacer de los escolares “pioneros” abusivamente adoctrinados; y a nivel universitario, inducir al asalto de instituciones con bombas suministradas por la Guardia Nacional, poseedora y usuaria con saña de esos artefactos. A lo descrito se suma el tener precisamente bárbaros al frente de áreas fundamentales, como lo son las relaciones internacionales, la cultura y la educación, la ciencia y la salud, con la actitud arrogante de creerse aptos para dichos ejercicios y la pretensión de lucir cual si lo fueran.

A la muerte como fenómeno natural inexorable, y a la accidental, se les suma la resultante de diversas formas de exterminio, fruto a su vez del auge de una industria mundial de la muerte, con fábricas internacionales de armas; pero una criminalidad que además de tener en éstas sus instrumentos de elección, engloba otros medios de aniquilación. Una mortandad que en numerosos países también incluye, y el nuestro dista de ser la excepción, las víctimas a manos de los llamados aparatos de seguridad estatales.        

En Venezuela las crónicas de duelo popular suelen no aludir a hechos rescatados del olvido, sino que parecen condenadas a una reiterada actualidad, y si insistimos en no percibir esos hechos en su real dimensión, por vía de la repetición de los mismos terminará siendo la nuestra una historia solo sombría y de crueldad. Desde las esferas oficiales se tiende a silenciar o hipócritamente reducir los casos más siniestros, creyendo que el pueblo no sabe o no intuye que no se trata de fenómenos aislados ni casuales, de “errores” ni “accidentes”, sino la aplicación de métodos aprendidos y puestos en práctica por funcionarios entrenados para ello y dotados de un armamento especial.

Es signo de atraso que mientras tantas naciones se preocupan por su desarrollo y cultivar la paz, aquí se gasten grandes recursos en la compra de armas, y se adopte ante otros países una deplorable conducta belicosa, en manifiesta devaluación de la vida humana. El usurpador Maduro nos agrede por igual con la brutalidad de su represión y con su fatuidad narcisista, razón ésta que explica su saqueo millonario al país para llenar ciudades con fotografías suyas de todo tamaño, desde varios ángulos y a color; sin importarle lo caro de su exhibicionismo.

¿Cómo llegamos a este absurdo que nos acosa? Se trata de una conducta fraudulenta trazada arriba e instrumentada por quienes en las instancias de poder son de fiel obediencia: la cáfila parlamentaria, los magistrados en toga queriendo llevar pelucas y completar la farsa hollywoodense al leer solemnes sus sentencias, el malandraje oficial en el CNE, y otros. 

El fraude define un hecho delictivo específico, pero en un proceso electoral como el que tituló a Maduro presidente, es reducir a una sola palabra lo que en verdad fue una suma de fechorías. Dicho fraude, con elementos probatorios de que en efecto fue cometido, es solo una parte del aún mayor que caracteriza la vida política del país; y va mejor percibir el término en una acepción más acorde con nuestra realidad, es decir, entender que en la actual Venezuela militarizada el fraude es una concepción del ejercicio de gobernar, y una forma de administración de los asuntos del Estado y de los bienes de la república.