• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

Al instante

Por si fuera poco...

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Y uno creyendo que con la ya larga lista de carencias, marginalidad y enfermedades, era suficiente para definir una vida de carácter pesaroso, como en efecto llega a serlo; pero para nuestro penar, en no pocas circunstancias la vemos crecer y empeorar, en forma palpable.

A los niños se les ama en el plano personal y ello se traduce en mimos, juegos y cuidados, que se dan en el marco de la esfera familiar; pero es falaz presentar ese amor –con todo lo que amor significa– como hecho social, cual expresión de una conciencia, un sentimiento y un compromiso colectivos. Evidencias lamentables sirven de base a tal afirmación. 

Hace más de siete décadas la humanidad se espantó al ver nazis asesinar niños lanzándolos contra los muros de las prisiones, luego el horror de los niños vietnamitas quemados con napalm, y la indignante prostitución infantil desatada en Saigón a fines de los años sesenta. Son así desgarradoras las fotografías de niños hambrientos en la India y territorio africano; y un duro y largo etcétera que incluye países nuestros.

En la Venezuela de hoy parecemos constituir una sociedad de sobrevivientes, llamados a celebrar como algo más excepcional que normal, el estar vivos. Tenemos una justicia signada por impunidades y excarcelaciones negociadas, apego a la picaresca y aceptación del paso de la Asamblea Nacional de cuerpo redactor de una Constitución a inapelable maquinaria inquisidora.

Un recorrido por nuestra geografía y una incursión en la vida de su población, están lejos de ser reveladores de un paraíso infantil. Entre nosotros las estadísticas demuestran –y basta tomar como ejemplos las de salud y educación– la enorme distancia que existe entre las declaraciones sobre el significado de la infancia y el comportamiento del Estado venezolano en relación con los niños; y esa constatación es aún más cruda, cuando se pasa de las cifras a la realidad cotidiana, con la carga de injusticias y maltratos que esta vuelca sobre ellos. Hay hacinamiento en los ruinosos hospitales infantiles y son altas nuestras tasas de desnutrición y de mortalidad, dentro de la llamada patología del subdesarrollo.                                                   

Como bien han dicho los poetas de la Navidad, ella trata del nacimiento de un niño figura emblemática de esperanza y buenos augurios. Cabe mencionar como paradójico contraste el de una afirmación afectiva bellamente expresada y acciones que en su ejecución u omisión la niegan o contradicen. Me he preguntado a qué llamamos país, buscando un marco de referencia que me ayude a comprender los fenómenos que se dan día a día y en sucesión rápida ante nuestros ojos: es un espacio surcado de caminos, un entorno; es noción de cuna, de patria; es una suma de derechos y deberes; es lugar para imaginar y hacer realidad una historia; suele también serlo para llegar a tener conciencia de qué y cómo somos, y descubrir el sentido del yo y el nosotros.

La maternidad ha sido por tradición un tema preferido de pintores y escultores, también de escritores y músicos que por siglos les han rendido tributo a las madres. En Medicina la fecundación, el desarrollo embrionario y el parto, son temas fascinantes sobre los que han sido escritos muchos libros bellamente ilustrados. Pero el paso de los homenajes poéticos, la exaltación plástica y los estudios científicos, a la realidad, es entre nosotros y en particular para los sectores más empobrecidos, de una crudeza degradante. El tratamiento que reciben, la madre como ser humano y la maternidad como hecho natural, es un ejemplo demostrativo de la incoherencia que existe entre la prédica, y la conducta de una sociedad como lo es la nuestra en su hundimiento actual.