• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Ildemaro Torres

La noble casa  

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Quienes somos de la Universidad Central de Venezuela, unidos a ella con un sentimiento de mutua pertenencia, tenemos en la Ciudad Universitaria y en su creador Carlos Raúl Villanueva, dos valores esenciales que nos enriquecen y reafirman en esa entrega.

Dijo Walt Whitman: “Juro que un día los arquitectos entenderán al hombre y lo justificarán. El mejor de ellos será el que mejor lo conozca y le sea más fiel: el mejor arquitecto será aquel que dignifique al hombre”; y a esa afirmación hacía honor Villanueva con su convicción de que “la arquitectura es acto social por excelencia, arte utilitario, como proyección de la vida misma, ligada a problemas económicos y sociales y no únicamente a normas estéticas”; unida a esta inquietud que una vez manifestara: “Me preocupa el problema de una nueva síntesis de los distintos medios expresivos. Es para mí una aspiración reconducir la arquitectura, la pintura, la escultura, a la cohesión íntima, inextricable, significativa”.

Construir la obra fue idea del rector Antonio José Castillo, acogida por el presidente Medina Angarita, y concretada en el decreto que firmara el 2 de octubre de 1943; estaría ubicada en los terrenos de la hacienda Ibarra.

La Ciudad Universitaria vino a ser y es, un ejemplo admirable de esa integración que él postulaba, y una clara muestra de su credo (empeño) de embellecer los espacios para bien del hombre que los habita o transita. Numerosos libros han sido publicados en diversas lenguas acerca de ella, por su riqueza de detalles y por la solución inteligente que él supo darle a las situaciones nuevas; y muchos estudios han sido realizados por especialistas venidos de distintas partes, que la consideran un ejercicio de alta racionalidad en cuanto a la disposición de los edificios y los jardines, y una experiencia arquitectónica excepcional en la que la estructura, la forma y la función, están en armonía. Hay obras relativa o totalmente autónomas, cuya integración se reduce a colocarlas en mutua resonancia; obras cuyo papel básico es decorativo, y –hecho singular– obras perfectamente integradas en el contexto arquitectónico, como el Aula Magna.

Construida en 1952, el Aula Magna es única e insuperable como concepto y realización, en el significado profundo de su condición de centro cívico, cultural y académico, de la vida universitaria. Producto del trabajo conjunto del ingeniero acústico Robert Newman, del escultor Alexander Calder y de Villanueva, acerca de cuyo afortunado encuentro comentó acertadamente Juan Pedro Posani: “Hallaron en la gracia monumental del gran espacio interno de este edificio, el punto de convergencia donde anudaron sus conocimientos, sus intuiciones y sus alegrías”.

Es comprensible por demás, la declaración de sentir la Ciudad Universitaria como propia, si se piensa en lo que significa tener esculturas y murales como los que en ella reunió el maestro, aulas abiertas a jardines, y la posibilidad –que me recordaba emocionado un profesor amigo– de asomarse uno a una ventana y encontrar descanso en el “alboroto de los pájaros”; y todo ello unido a la dignidad implícita en la lucha por el mantenimiento de su condición de institución autónoma.

Nos hiere y ofende profundamente, y ello no puede ni debe ser silenciado en este país hoy militarizado, ver sumarse al deterioro que con los años la han afectado, la agresión sistemática y abiertamente destructiva por fuerzas vandálicas oficiales. Es un ineludible deber nuestro enfrentar tal barbarie. A Carlos Raúl Villanueva, catedrático de la UCV durante inolvidables años, todos los universitarios lo admiramos y no sólo como gran arquitecto, sino como distinguido profesor, de pensamiento luminoso y espíritu joven.