• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

Al instante

El mejor deseo

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Balance le dicen unos, recuento o resumen le dicen otros, pero todos de alguna manera nos sentimos como obligados –con un pie casi en el estribo del día 31 y a punto de entrar en el carruaje de un nuevo año– a volver la cara y darle un vistazo totalizador a lo sucedido en los días ya idos. La evaluación personal de los resultados conduce invariablemente a una celebración o a un propósito de enmienda, actitudes de las cuales suele cumplirse solo la primera. Hay espacio, sin embargo, para una tercera derivación: la preocupación que nos dejan algunas constataciones en razón de su reiteración, y que a nombre de la aspiración a un futuro diferente, de hecho mejor, vale la pena comentar.

Ha sido este que se despide, uno impregnado de luto por tantas vidas segadas en medio de nosotros, y además en un mundo convulsionado de cuyos grandes problemas no es posible sustraerse, junto a situaciones anómalas que se vuelven crónicas y crisis de innegable gravedad. A lo largo del tiempo transcurrido los diarios, la televisión y otros medios, coparon nuestra atención con noticias internacionales deplorables, acerca de actos terroristas que cada día multiplican en distintos lugares del planeta el número de víctimas inocentes, de guerras entre países limítrofes, despojos territoriales, enfrentamientos cruentos y exterminio de comunidades por razones religiosas o raciales; pero también con reportes de acontecimientos nacionales, en los que nuestra conducta poco difiere de dolorosos patrones foráneos, al incluir cifras brutales de asesinatos por una delincuencia desatada, a manos de cuerpos policiales y en masacres carcelarias.

A lo anterior se suman datos como los recogidos en informes anuales de Unicef, de ser la infancia la principal perjudicada por las políticas de gastos militares en la compra y/o producción de armas, a las cuales las naciones dedican tanto de sus presupuestos; y asimismo víctima directa de las guerras, que en las últimas décadas han arrojado saldos de millones de niños muertos, lisiados, obligados a vivir en campos de refugiados, y que han quedado sin hogar. Son de agregar referencias que unidas a los reportes de la Organización Mundial de la Salud, revelan igualmente estadísticas alarmantes y vergonzosas en el campo de la salud pública, como las de los miles de niños menores de 5 años que mueren cada día en el mundo por desnutrición y por enfermedades, de las que en conjunto conforman la llamada patología del subdesarrollo; recordando que en este continente nuestro conocemos y padecemos esa patología, y sabemos igualmente de marginalidad y pobreza crítica.

Es en verdad bella la imagen que tenemos de la Tierra a partir de los vuelos espaciales y de aquella fotografía espectacular en que asoma sobre el horizonte de la luna; sorprende y reconforta que en medio de tantos conflictos bélicos y tanta destrucción, una superficie que en consecuencia debería aparecer enrojecida por las llamas, con cicatrices profundas y envuelta en un halo de tormenta, tenga en cambio ese grato color azul surcado de bandas blanquecinas y un aire plácido de lugar en paz. Pero aunque no es posible que cada uno de nosotros viaje al espacio a disfrutar de verla desde allí, dado que somos pobladores beneficiados de sus bondades y ligados al padecimiento de sus tragedias, hemos de ser moradores llamados a luchar y trabajar fiel y decididamente para honrar el don de vivir en ella.

Por todo lo dicho resumo mis sentimientos en el deseo para el año 2016, de menos destrucción y ruina, menos muerte, menos luto, que equivale a aspirar a una satisfacción plena de nuestros derechos, necesidades y aspiraciones, en razón de la condición de seres humanos dignos y capaces de amar.