• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Más que mágica

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Amo la anatomía humana y me complace estudiarla e invocarla. Hoy, como tantas veces, me referiré a ella, y lo haré bajo el título de Anatomía Cotidiana, la de la visión diaria de nuestro cuerpo y del de otras personas, hecha al paso y aparentemente sin que le prestemos mayor atención, incurriendo así en el error de desaprovechar  lo que la observación atenta brinda en términos de la percepción de qué y cómo somos, estamos o nos sentimos, e incluso de qué nos motiva (uno de los ejercicios de inferencia que apasionaban a Sherlock Holmes) a la actividad que desplegamos en la vigilia.

He de comenzar por esa capa magnífica que llamamos piel y que tan fielmente cubre nuestro cuerpo, y dado que es precisamente ella por su condición de tapiz exterior de rasgos y gestos, lo que primero registran nuestras retinas en el contacto inicial con alguien.

Hace años el anatomista británico R. D. Lockhart afirmó que ningún manto mágico puede compararse a la piel en cuanto a estas funciones: “Ser impermeable al agua, abrigar al cuerpo y protegerlo del sol, servir de armadura y refrigerador; ser sensible al tacto de una pluma, a la temperatura y al dolor; soportar el desgaste durante años y, por último, efectuar las reparaciones necesarias por si misma”. Por esas y muchas otras razones a la piel se le reconoce un gran valor en medicina, como elemento diagnóstico; y es que además de ser ella misma asiento de diversas enfermedades, su aspecto traduce estados orgánicos particulares; su color no depende sólo de determinado pigmento sino también de la calidad de la sangre que llena sus capilares; también varía el color según la región del cuerpo, e igualmente hay variaciones con la edad, desde la piel tersa y rosada de un niño hasta la arrugada y color castaña del anciano. Hablar de los surcos cutáneos, las huellas dactilares, y las llamadas líneas de expresión con las implicaciones de su presencia en un rostro (medidas en el terreno de la vanidad o de la preocupación por conservar signos exteriores de juventud), conforma un extenso capítulo merecedor de espacio propio.

 Es impresionante y fascinante la diversidad de rostros y de cuerpos que vemos cada día; y ciertamente, qué de revelaciones nos aguardan acerca de la arquitectura corporal humana, las proporciones generales del cuerpo, la mecánica funcional de los músculos y la gestualidad, si en vez de simplemente ver optáramos por mirar, con simpatía y solidario interés, haciendo extensiva a  esos seres humanos que viajan en el mismo transporte que nos lleva a nuestro sitio de estudio o de trabajo, la atención que les hemos dedicado a otras criaturas o fenómenos telúricos, la misma disposición contemplativa con que nos hemos detenido  ante la belleza de una flor, o la maravilla implícita en los colores y el vuelo de un pájaro.

Hay otra función de la piel que considero importante, un servicio muy especial que ella nos brinda en el plano de la sensibilidad, del reconocimiento, o la anticipación salvadora. Durante mucho tiempo ella me advertía sobre interlocutores y situaciones que debía enfrentar, y yo me negaba a hacerle caso por pensar que eso sería irracional, pero su terquedad y las circunstancias  que al final le daban la razón, me fueron apartando de la obstinada sujeción a la racionalidad, y empecé a prestarle atención y confiar en ella. Le creo y no para andar con la guardia en alto, sino para percibir más claramente en una relación individual, grupal o corporativa, cuándo la otra parte actúa en función del bien colectivo y cuándo es movida por intereses exclusivamente personales. Hoy siento que son perfectamente complementarios los análisis formales y los dictados de ese manto formidable que nos cubre y protege.