• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

Al instante

Ildemaro Torres

Son jaulas

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Sí, en verdad lo son y hasta parecen serlo de un zoológico. En nuestra  educación de hogar la noción de premio y castigo es prácticamente la primera inculcada, como la forma más elemental  y aparentemente efectiva de que percibamos de una vez la diferencia entre las llamadas buena y mala conducta, y nos acostumbremos a que la primera es gratificada, mientras la otra es penada. De allí crecemos con la idea de lo pecaminoso, y con la conciencia  de que hay una gloria o un infierno aguardándonos en otra parte más allá de este entorno terrenal. Lo distinto al terror cultivado referido a tormentos punitivos entre llamas, es que la existencia aquí y ahora lleva en sí misma mucho de esa otra vida anunciada o prometida, como bien lo demuestran las leyes y el sistema penitenciario venezolanos.

 Hace siglos se castigaba a quien fuera culpable de algún hecho delictivo o socialmente incorrecto, con su detención e inmovilidad en un dispositivo en el que quedaba  retenido por las muñecas, los tobillos y el cuello, y exhibiéndolo en público en esas condiciones para sumarle al castigo el escarnio, reforzado con las cosas que los transeúntes le decían; o eran encerrados en oscuras mazmorras.

La inmovilidad dio paso a la movilidad restringida, con los grillos de hierro (bien conocidos por los presos políticos de Gómez) y las esposas de acero. Luego fue la prisión con movimientos permitidos; los penales debían cumplir determinadas normas de salubridad, la relación con los internos ser respetuosa a  su dignidad personal, y hacer del período de reclusión uno de estudio y aprendizaje, de entrenamiento para la reinserción social del recluso.

Eso ha sido así en otras partes, pues si buscáramos una ubicación del sistema penitenciario venezolano con sus características actuales, en ese contexto conceptual, nos encontraríamos con que está más cercano a lo medieval por negador de la condición humana, que a cualquier idea moderna al respecto.

Nuestras cárceles son centros primitivos en los que no se entiende que la privación de la libertad constituye en sí misma la sanción, y se opta por la brutalidad, el abuso y el ensañamiento como género de tratamiento, con el convencimiento de los carceleros de que ese es el verdadero castigo a serle aplicado a la población penal a su cargo          

Son antros que albergan a un número de personas que triplica y hasta cuadruplica el calculado originalmente para el lugar. Y es en ese hacinamiento y padeciendo esa forma de vida negadora de sus hábitos higiénicos y de todo sentido  de privacidad, que el ser humano llega a sufrir la más abyecta degradación que a su vez lo conduce a la más elemental animalidad.

Si algo preocupa son las noticias de prensa que  nos hablan de riñas internas con dolorosos saldos de muertos y heridos, y las fotografías de celdas colectivas que en nada difieren de asquerosas jaulas.

Otro serio problema que allí se confronta y que hace de esos centros una bomba de tiempo en materia de salud pública, es el de constituir reservorios de enfermedades de todo tipo, en particular de infecciones de transmisión sexual, coadyuvado por la frecuencia de las violaciones; y es alarmante igualmente la cifra de asesinatos vinculados al consumo y tráfico de drogas, que demanda una investigación como la de la abundancia de armas en poder de los reclusos, del mismo modo que preocupa la constatación de la participación de los guardias en negociaciones y cobros a los reclusos.

Completa tan terrible cuadro algo que ha llenado de estupor al país: el carácter despiadado que ha alcanzado la criminalidad en las cárceles, lo que nos obliga a preguntarnos si los hechos monstruosos observados son producto directo de un sistema penitenciario deshumanizado.