• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

Al instante

Y hoy ¿qué de las mías?

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Me gusta ver las manos de la gente, me interesan, me son fascinantes y reveladoras, y cuando viajo en un transporte público parte de mi tiempo lo ocupo en mirar las de mis vecinos (recuerdo nostálgico de profesores que en la facultad nos instaban a observarlas a ellas y rostros, cual reafirmación del valor perceptivo de nuestros sentidos); pero aclaro, no las miro sólo por esa razón interesada, sino por un deseo íntimo de aproximación humana.

Me es grato verlas incorporadas a la conversación como elementos expresivos, o como componente esencial, a veces ductor, del lenguaje corporal; y me complace también que exista la quiromancia, capaz de encontrarles en la palma signos anticipados del destino personal, y de adivinar en las ramificaciones de las líneas que la surcan expectativas de vida y pluralidad de amores.

Goethe escribió en 1786, que “ninguno que no haya visto la Capilla Sixtina puede tener una idea clara de lo que un ser humano puede alcanzar”; y en una de las escenas pintadas en ese lugar único, Miguel Ángel nos muestra cómo Dios creó a Adán a través de un leve contacto de sus manos y por una transferencia de vida índice a índice.

De niños nos deslumbró algún mago, ante el cual era inútil cualquier esfuerzo por ganarle en velocidad a sus dedos y descubrir cómo podía sacar tantos pañuelos de sus bolsillos y hasta cambiarlos de colores, y cómo podía sacar tantos conejos de su sombrero; también los hombres en las ferias, proyectando la sombra de sus manos como siluetas de animales; y la infaltable compañía de Mandrake, con sus “gestos hipnóticos”. Por fortuna y cual bendición aún tenemos para bien, dibujantes, pintores, escultores, bordadoras, actrices y cantantes; dedos célebres por su forma de pulsar las cuerdas de una guitarra o recorrer el teclado de un piano; y ceramistas de cuyas manos sale la arcilla transmutada en bellas formas.

Mucho ha cambiado, teniendo por triste escenario el país militarizado. ¿Qué elementos negativos se han incorporado al recuento? Ya no es más la mano sola, sino la mano y un arma; ya no es el índice extendido para señalar (hecho objetado por los abuelos como signo de mala educación) sino un cañón que nos apunta; ya no es el gesto creador divino sino el dedo de alguien flexionado en un gatillo para matar; y vemos con horror niños incorporados por adultos perversos como victimarios armados, o criaturas de vidas cruelmente truncadas.

A la vez, sometidos por el oficialismo y enfrentados como estamos a humillantes situaciones de burlas, despótica represión, amenazas, e impúdicos actos delictivos, viene a ser un buen reto para sociólogos interesados por la investigación, determinar cómo se llega a la corrupción de toda una estructura administrativa, cómo se vuelve rutina el robo, cómo alcanza a contar el delito con amparo judicial; y qué camino conduce a un trabajador, a un obrero, a la condición de alto dirigente sindical, y junto con ello de corrupto y de burócrata enriquecido, con poder político. La aquí llamada revolución es una insuperable escuela al respecto. 

Ante la angustiante realidad que padecemos, caracterizada por el agravamiento de la marginalidad y la pobreza crítica, por una depreciación de los valores éticos, un odio manifiesto del régimen a todo lo que signifique intelecto, sensibilidad, estudio, y en general cultura,  nos preguntamos si será que ya llegamos a la más grave involución, en la que la mano es despojada del valor que le reconocemos a su fascinante anatomía y admirable despliegue funcional, para dar paso a una omnipresente y omnipotente mano cruelmente armada. Nuestra respuesta es y siempre deberá serlo: “¡No!, la mano nunca habrá de perder su digna significación humana”.