• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

Al instante

Aquí, haciendo memoria…

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Creo que pocas cosas son tan apetecidas incluso de manera obsesiva en la vida, sobre todo por los hombres públicos, como la llamada gloria; tan ambicionada que su búsqueda ha terminado por ser uno de los principales motores de la historia política y en especial guerrera. A partir de ella se definen eras históricas con sus respectivos héroes, y es la llamada gloria por derecho, conquistada; mientras por contraste asistimos también a otra forma de gloria, que por distintas razones le es conferida a alguien, inventándole virtudes o abultando las que tal vez tenga, y haciendo de la glorificación una práctica que viene a sumarse a otros factores determinantes de nuestro atraso.

Y es algo así, de adornos sumados a alguien desde fuera por diversas, interesadas, y a veces absurdas razones, lo que parece haber sucedido y seguir sucediendo con el Comandante Eterno, hoy venerado Patriarca Celestial. Si bien no disponemos de su programa, tenemos sí afirmaciones suyas de 1994 que han dado para pensar y no alegremente, como estas: “Las academias militares son escuelas de liderazgo” y “el pueblo quiere un liderazgo que se formó en los cuarteles”.      

Una gran cantidad de venezolanos nos asomamos por primera vez a la vida política, durante la dictadura militar de Pérez Jiménez, en una dolorosa época en la que las charreteras, los sables y de manera global todo lo castrense, eran sinónimos de abusos, torturas y crímenes. Advino la democracia y al abrirse en nuestra historia republicana tales libertades, creímos que una de ellas sería la de poder decir lo que uno quisiera de cualquier asunto, pero no tardó en sentirse la restricción de tocar temas de uniformados, porque “meterse con los militares es delicado”.

Pasada una década dictatorial en el desolado continente, contaminado con los Odría, Castillo Armas, Rojas Pinilla y otros, se volvió inevitable juzgar a la alta oficialidad de cada país como cónclaves de gorilas. Superada la ola de viejas dictaduras se tuvo la aspiración de que América Latina respiraría un aire más limpio y más humano, pero no tardaron militares uruguayos, argentinos y chilenos en recordarnos con ríos de sangre su apego a valores de otro orden.            

En los años sesenta, documentos desempolvados con revelaciones del Pentágono, confirmaron que acá el fuego ha servido además para borrar evidencias de homicidios; por ejemplo, informes secretos del Teatro de Operaciones Antiguerrilleras Nº 3 de Urica contienen, firmadas por un coronel, instrucciones para eliminar los restos de detenidos que consideraban importantes en cuanto a la repercusión de su desaparición: “Trasladar el cadáver a un sitio normalmente inaccesible y allí incinerarlo por completo con gasolina”.

Los nazis demostraron cuán erróneo era creer que las atrocidades pertenecían solo a un pasado remoto, en el que atraso y oscurantismo podían ser incriminados como los factores determinantes. Sucedió aquí en octubre de 1996, una salvaje matanza de reclusos en La Planta; el país fue sacudido con la noticia e imágenes televisivas del asesinato a mansalva de más de veinte personas, presas en una celda cerrada con candado y calcinadas en incendio provocado por sus custodios; lo que nos hizo sentir cuán irreal podía (puede) ser la idea que tenemos tan arraigada, de que esos son mundos y conductas inhumanas ajenos a nosotros, que estamos “distantes” y somos “distintos”. Creí que el sacudimiento sería duradero, pero tales reacciones se vuelven efímeras cuando se vive un proceso de condicionamiento al horror, como el que hoy padecemos, y se llega a adoptar la devaluación de la vida humana, dentro de una cultura en la que coexisten y van de la mano la violencia y la impunidad.