• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

Al instante

Y cada día peor

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Con la inseguridad perdimos la tranquilidad, y con esta la libertad. Víctimas del temor —no infundado, sino derivado de múltiples experiencias negativas, propias y ajenas— comenzamos a cambiar nuestras costumbres y nuestros gustos y compromisos, en el sentido de regresar a casa mucho antes de lo usual y, por lo general, con la decisión de no volver a salir, no circular por lugares poco transitados, ir menos al cine y otros espectáculos nocturnos, no visitar con la frecuencia de antes a los amigos, renunciar a plazas y parques, cerrar cuidadosamente la puerta y las ventanas y, en caso de salir, llevar cada vez menos cosas encima para que sea menor el botín del atracador, si es que hemos tenido la suerte de que él no ande con ganas de disparar. A todo lo anterior se le suman las medidas de supuesta protección, que al mismo tiempo han significado el éxito económico de fabricantes, vendedores e instaladores de todo tipo de rejas, cerraduras especiales y alarmas, siempre con la esperanza de por lo menos dificultarles el trabajo a los hampones. Cambios numerosos e indetenibles hasta llegar a este presente de aprensión y sobresaltos en que somos y nos comportamos de manera muy diferente a lo que seguramente seríamos y haríamos en el seno de una sociedad sin el grado de agresividad que ha terminado por tener la nuestra.

Quien quiera que haya sido asaltado en alguna calle —y ya no hacen diferencia el lugar, las circunstancias ni la hora— o haya visto ultrajado su hogar, a esas pérdidas de la seguridad, la tranquilidad y la libertad, tiene que sumarle las de bienes materiales y, por desgracia en muchos casos, las derivadas cruelmente del daño físico sufrido.

Las viviendas, y con ellas las ciudades, han pasado a sufrir una lamentable metamorfosis. Los numerosos jardines que daban a la calle y cuyas flores podían ser contempladas y admiradas por los transeúntes, ahora están encerrados en altos muros, los que comenzaron simplemente por ser construidos o aumentados en su altura, pasando luego a estar erizados de fragmentos de botellas rotas para tal fin, y al comprobarse la ineficacia de ese recurso, en vista de que a los ladrones les bastaba colocar un felpudo grueso sobre los vidrios y saltar, surgieron las alambradas de púas, al principio lineales, y tiempo después enrolladas y con temibles arpones dispuestos cada pocos centímetros, y aún más, electrificadas. De manera que la impresión de un visitante de Caracas tal vez sea o es la de una ciudad con murallas individuales y colectivas coronadas de vidrios, púas y alambres con electricidad, identificados con placas metálicas que muestran como en las banderas de piratas, una calavera en pintura negra. 

Por banal que pueda parecer el planteamiento, a la luz del deseo y la necesidad de sentirse seguro que lleva consigo cada habitante citadino, siento y pienso que a tantas pérdidas y renuncias habría que agregar unas cuantas que tienen que ver con la estética arquitectónica y paisajística. Así lo padece, para citar un caso, quien en el pasado, al recibir complacido a sus visitantes, le resultaban gratas las afirmaciones como “Qué entrada más bella y agradable” o “¡Qué bueno tener un jardín así!”. Por ello y con el desencanto a cuestas de ver afeado a todo dar el predio que se habita, el ambiente en que ha discurrido buena parte de nuestra vida, y precisamente por constituir todo ello la imagen que bien define ante los ojos del mundo la clase de vida que nos ha correspondido vivir a estas alturas de la existencia humana, es por lo que a conciencia sentimos que nos corresponde mantener firme y dignamente en alto el enfrentamiento y rechazo a la barbarie gubernamental que nos agrede  pretendiendo degradarnos...