• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Trato de apartar de mí actitudes negativas y presagios pesimistas, y de pensar, sentir y opinar positivamente. Pero igual que he dicho que quiero ser optimista pero no por decreto gubernamental sino teniendo razones precisas que justifiquen serlo; siento que tal estado de ánimo se me facilitaría si viera algún asomo de respuesta a los grandes problemas nacionales, pero no lo hay; y creo que el Gobierno y quienes lo apoyan, no deberían demandar visiones optimistas sin al mismo tiempo brindar muestras claras de cumplimiento de los anunciados cambios sociales y económicos, además de aceptar que no es justo calificar de traidores ni de poco identificados con el interés nacional, a quienes no se sumen al coro de loas interesadas.  

Molesta constatar el predominio de la indefinición y la ineficiencia en la formulación y ejecución de programas concretos, y una inclinación a las soluciones de apuro antes que a aplicar un método riguroso de desarrollo con fundamentada visión prospectiva, lo cual se traduce en declaraciones de “estado de emergencia” en instituciones, entidades y sistemas de servicio público, con el agravante de la tendencia presidencial y del régimen en general, a la militarización de las diversas áreas del quehacer nacional, abultando así egos castrenses personales e institucionales.

Nos faltan asideros confiables para cualquier intento serio de análisis de las diversas situaciones, en función de entender qué sucede realmente en el país, hacia dónde debemos ir y hacia dónde estamos yendo, y si en verdad existen unas metas racionalmente trazadas en algún programa. Padecemos una gran confusión que se expresa en varias formas y  distintos campos, siendo los asuntos de la economía los de  más difícil  comprensión, en ausencia de una política de Estado debidamente presentada y ejecutada; y si a intelectuales con una formación les cuesta entenderlos, qué queda para un trabajador asalariado que sólo puede medir la inflación y sus efectos a través del costo de su propia sobrevida.

Es palpable la molestia oficial por la “campaña de descrédito de Venezuela en el exterior”, y tal depreciación no está en el texto de los artículos publicados ni en lo reportado por los corresponsales, sino en la realidad inocultable a la prensa y a los canales de televisión que muestran al mundo las imágenes que confirman lo dicho.

Duele el deterioro de la moral colectiva, con una Justicia signada por las  impunidades y excarcelaciones negociadas; o por el encierro y abandono a su suerte de seres hacinados y humillados en asquerosos antros. Con un Poder Legislativo que incluye en su seno senadores vitalicios y otros ex de altos cargos, de los cuales algunos antes que ejemplos de rectitud ciudadana, o de darle un sentido de elevación y un profundo contenido a lo político, mantienen su apego a la picaresca nacional; como condenables son quienes aceptan el cambio de la Asamblea Nacional, de eventual cuerpo redactor de una Constitución, a maquinaria inquisidora e inapelable. Y con un Poder Ejecutivo que arropa en mentiras su  desidia o ineficiencia, su incapacidad o ignorancia, unido al disimulo de la vocación delictiva.

Tres parecen ser en lo político, y ello preocupa, las características actuales predominantes en nuestra conducta ciudadana, en nuestro sentir colectivo: el consenso acrítico, la justificación a priori, y la conformidad automática. Razón de intranquilidad, dada la necesidad que una seria reflexión nos hace percibir como impostergable y sentida convicción, de que debemos permanecer enfrentados a la barbarie que hoy nos acosa, y por nada y en nada decaer en la lucha por la recuperación plena del país en su alta dignidad y principios esencialmente humanos.