• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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A estas alturas y en materia “jurídica”, son muchas las personas asesinadas a ser recordadas y muchos los homicidas a no ser olvidados.

Sé que lo he dicho y repetido, pero aun así hoy lo reitero. Tiempo es de llamar las cosas por su nombre y a los personajes por lo que en verdad son; así, en vez de dureza represiva debemos hablar de represión criminal; no de funcionarios elementales en cargos claves, sino de ignorantes crasos asaltantes del poder; no simples aprovechadores, sino consumados saqueadores; bárbaros al frente de áreas fundamentales como las relaciones internacionales, la cultura o la salud, con la actitud arrogante de creerse aptos para dichas funciones sin serlo.

Se llama presidente a Maduro, obviando detalles como no haber demostrado con documentos su nacionalidad real; ignorar la suma de principios, conceptos y experiencia requeridos para estar debidamente a la cabeza de un país; así como el echar mano a bienes de la república con cómplices de una corte hamponil. Se define cual Viajero Oficial acorde con su magistratura, y es un Paseante Internacional, que con cualquier pretexto recorre el mundo en plan de gira vacacional familiar.

Los rufianes en rol de ejecutivos, no solo gozan de impunidad, sino que se les exhibe en costosas vallas con fotografías a color y letras gigantescas, pero no denunciando sus máculas delictivas, sino exaltando supuestos dones y logros que ni el occiso ni ninguno de los sucesores hayan mostrado alguna vez, precisamente por carecer de los mismos.

Los hechos permiten concluir que a este gobierno la cultura y la educación no le son importantes, y que es ajeno a apreciar y respetar el valor social de los intelectuales, creadores y artistas; dado que a los ojos de la barbarie estos no conforman un núcleo humano a ser avalado en su integridad.

Para responder ¿cómo estamos?, reportaré dos encuentros. En uno reciente y al tocar el tema político, una amiga me confesó: “Más que lo visible me preocupa lo silencioso. Tengo mucho temor, y a lo que más le temo es a lo que no se menciona, a lo que hacen ocultos y sin decirlo: organización y entrenamiento de gran cantidad de agentes y milicianos, la multiplicación de los aparatos represivos, la compra de costoso y sofisticado armamento, el apoyo a grupos irregulares de otros países, las numerosas muertes impunes”. Comparto su preocupación, porque también yo tengo la sensación de que otro país está siendo estructurado subrepticiamente, en términos militares y policiales con dispendioso manejo del Tesoro nacional y administraciones paralelas sin control, dentro de la farsa que llaman revolución.

Es tema conocido y son válidas nuestra preocupación e insistencia en enfrentar tan absurda situación. Por ello solemos incluso volver los ojos a algo que nos sea gratamente significativo. El otro encuentro fue con un amigo artista plástico deseoso de pintar el país en su estado actual, y aprovechamos de hablar de pintura y colores, asunto con el que habríamos de sentirnos gratificados, aunque no sería de extrañar si al rato aflorara algo que llevara de vuelta a lo trágico. Me informó que solo hay dos colores disponibles: el gris y el rojo; con los que se dificulta pintar a menos que se recurra al significado que revisten: el gris define, me explicó, la mediocridad e ineficiencia de los hombres del gobierno y la oscuridad de la frustración de la población en su desencanto; y el rojo es de la sangre derramada a manos de homicidas y policías exterminadores. 

Ante naciones preocupadas por su desarrollo y cultivo de la paz, nosotros aquí incurrimos en una manifiesta devaluación de la vida humana.