• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Oh, ¡el cuerpo humano!

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Por siglos han sido citados famosos exploradores de este mundo, con nombres como los de Colón, Magallanes y Vasco de Gama, familiares a varias generaciones de lectores. Un fenómeno palpable es el creciente interés de mucha gente, en estudiosos del mundo íntimo que llevamos dentro de nosotros mismos; una mezcla de curiosidad y deseo de conocimiento en los campos de la biología y la medicina, como si volviendo los ojos a nuestro cuerpo nos hubiéramos descubierto de golpe.

A ello han contribuido, modernos recursos de diagnóstico en medicina, el incremento de la educación en salud, las campañas sanitarias y reportajes periodísticos dedicados a problemas de salubridad, que informan de hábitos dañinos al cuerpo y de los agentes productores o transmisores de enfermedades, con las recomendaciones para evitarlos; llegándose a una suerte de “derecho a saber”, y a no mantener más ese conocimiento como patrimonio exclusivo de profesionales.

 “Menester es el hombre entero” reza un viejo dicho español, que resume las dos metas perseguidas por los auténticos humanistas: conocer el espíritu y desentrañar los misterios del cuerpo, definido éste en el siglo XVI por Bernardino Montaña como “la parte visible y gruesa de la cual con el ánima se constituye el hombre”.

Saber qué hay debajo de la piel y cómo opera, ha sido un difícil logro en más de dos mil años, con retrasos por actitudes reaccionarias y dogmas religiosos. En el Renacimiento la disección comenzó a ser actividad regular de las facultades de medicina, los pintores se abocaron a la representación del cuerpo tal cual es, y los artistas llegaron a conocer muy bien la superficie corporal; Leonardo fue el primero en estudiarla, y demostró en sus dibujos anatómicos la relación armónica de lo interior y lo exterior.

La historia de cómo han sido descubiertas y cómo son la estructura y las funciones del cuerpo, hoy forma parte de una cultura general; además de que cada persona es algo anatomista o se inclina a serlo y se estudia a su manera: unos admiran sus proporciones, otros celebran la estética de su movilidad, alguno aprecia sus relieves musculares o se emociona ante la línea sensual de una bella fémina. En tal sentido y por su calidad como indagación y revelación, con razón produjo revuelo mundial la película hecha en Japón durante unos Juegos Olímpicos, en la que los atletas son mostrados en tomas de cerca durante minutos previos a cada competencia, resultando evidente su estado de tensión, y luego la puesta en marcha de tan prodigiosa máquina en la competencia misma.

El recuerdo de esas imágenes casi escultóricas, de tales relieves perfectamente delineados bajo la luz del sol, permanece en uno cual parte de la propia vida; una anatomía humana en ejecución de sus posibilidades, en función de la feliz culminación de una proeza deportiva, sin duda una forma particular de belleza.

Ante ese justo deseo de conocernos cada vez más en nuestras conformación material y  espiritualidad, nos es de dura crudeza constatar cuán contrastantes son con tales recuerdos, evocaciones y ansias de plenitud, las circunstancias en que estamos inmersos en una Venezuela militarizada, con el delictivo ejercicio del poder por la cáfila de desalmados que lo asaltó, de actitud antihumana y carentes de toda forma de moral. Y de allí que en justo reconocimiento al significado de la condición humana y a lo que en la naturaleza representamos, además de sentir una genuina preocupación por el país, debemos no sólo darle un alto a la degradación a que estamos sometidos, sino en razón de  nuestro derecho a la vida y a vivirla en paz y en goce de respeto,  no dejar de salirle al paso a la barbarie que nos acosa y pretende humillarnos.