• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Admiración confesa

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El Humorismo (y lo escribo con mayúscula) bien merece una justa jerarquización, por su significado intrínseco y su eventual valor como rasgo caracterológico de un pueblo; sus expresiones tienen un sentido testimonial, y es sabido que si a algo temen los autócratas ensoberbecidos es a la agudeza de un humorista inteligente. En cuanto al humor dibujado, se trata de una rica tradición puesta de manifiesto en ilustraciones o en caricaturas, y éstas de diversos tipos, desde la personal a las referidas a instituciones u ocasiones de distinta naturaleza, pasando por las dedicadas a la política, de alcance implícito o llenas de alegorías.

Y es un hecho constatable a diario el de las numerosas personas que buscan alguna nota graciosa o van al encuentro de una caricatura, cual clave para una mejor comprensión del acontecer nacional y hasta para precisar más claramente su posición ante diversas situaciones.

Definido por Hegel como una “aptitud especial del intelecto y del espíritu”, ha tenido por siglos en Venezuela una historia reveladora, tanto de la aceptación y ascendencia de los humoristas en el seno de densos sectores sociales, como de sus peripecias para burlar con sagacidad la censura de las dictaduras y la intolerancia de más de un gobernante que junto con decirse democrático es cerrado a la frescura de la risa.

Aquiles Nazoa, intelectual de vastísima cultura y humorista de alto vuelo, nos dejó entre sus enseñanzas que el humorista no es un cómico de la literatura, y que en su búsqueda de lo risible debe serle irrenunciable el respeto a la dignidad del ser humano.

Es inseparable de la historia, de las costumbres y tradiciones del país en cuyo seno se produce, siendo reflejo de cuanto sucede individual y colectivamente; al punto de considerarlo el poeta Luis Pastori como un elemento clave en la formación de la personalidad venezolana. Nuestro humor tomó para sí desde el propio comienzo del siglo XIX un rol beligerante, traducido en versos cuestionadores del Rey o del Capitán General Emparan, y de entonces se reportan dibujos sobre ese tema, de circulación subrepticia y acompañados a veces de epigramas.

A nuestro humorismo, desde siempre esencialmente político, lo ha acompañado o le ha salido al paso en muchas ocasiones, como en la actual, el execrable mal de la censura, que se presenta cuando la barbarie percibe temerosa los avances del talento y se hace sentir en diversas formas, a cual más primaria; haciendo que el camino recorrido por sensibles y cultos creadores humorísticos, incluya además de maltratos físicos y degradantes insultos, el encarar incomprensiones, prepotencia e ignorancia, acentuadas en una Venezuela profusamente militarizada y hoy con la modalidad de que medios antes oficialmente asaltados, son ahora comprados con mucho dinero para proceder a su cambio conceptual y de línea editorial, como función de propietarios, directivos y editores que en vez de profesionales honorables son seres de evidente mediocridad y vocación servil; dóciles negociantes afectos por interés al régimen poseedor del poder.

Doy fe de que todo lo sentido y expresado en esta nota pretende ser a manera de denuncia, de reclamo y respuesta, a la brutal agresión, al burdo desconocimiento de la brillante inteligencia y valía artística, a la humillante afrenta y otras graves ofensas con que ha sido agraviada la destacada periodista, la notable y culta dibujante Rayma Suprani, a manos de quienes poseen y presiden el que con tanto mérito personal de ella y por largo tiempo de consciente dedicación, fuera su medio de publicación diaria. Es esta una pequeña ofrenda que en tan vergonzoso marco le hago llegar a quien profundamente admiro.