• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Ildemaro Torres

Ha de ser ¡Bienvenido!

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A sólo pocos días de volver a celebrar un parto memorable, un nacimiento que marcó un cambio fundamental en la historia de la humanidad, me anticipo a darle la bienvenida al que desde entonces y por siempre ha sido llamado Niño Dios, y celebro su llegada porque también se le ha considerado a lo largo de los siglos, con reiteración en cada Navidad, como Mensajero de la Paz, de la que está dolorosa y desesperadamente urgido el mundo de hoy, cual necesidad que nos involucra a todos quienes habitamos este minúsculo punto terrenal.

Fue un acontecimiento que en su momento puso a prueba a mucha gente, y permitió que quedara en evidencia toda la gama de comportamientos que define la conducta humana, tipificada en los extremos de la negación de posada para que María diera a luz a su hijo, y luego en la calidez solidaria de unos pastores y la adoración de los Reyes Magos con incienso, mirra y oro.

Uno de los grandes encantos de la Navidad radica precisamente y así supieron decirlo los poetas, en el hecho de ser una fiesta en torno al nacimiento de un niño, figura emblemática de esperanza y buenos augurios; días de justificadas celebraciones plenas de optimismo, teniendo por marco un mes que suele ser de cielo transparente y días luminosos.

Y además de ser un sentimiento, la Navidad es también un hecho cultural, asimismo un bello tema que en todas las épocas ha inspirado a pintores, escultores, músicos y escritores, quienes imbuidos de un espíritu especial nos han legado verdaderas joyas de la plástica, magníficos conciertos y oratorios, excelentes relatos de lo sucedido en Belén, y otros en los que figuran criaturas como Panchito Mandefuá que se fue al cielo a cenar esa noche con el Niño Jesús.

Los ángeles glorificaron al Señor en el día de su nacimiento e hicieron su clamor de “Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”; un sentido deseo claramente enunciado, una diáfana indicación, pero sin haber tenido una materialización igual de cristalina en cuanto a percepción y aplicación de su contenido.  Escoger y envolver los regalos, decorar un árbol o armar un nacimiento, hacer hallacas y otras tantas actividades conexas, constituyen un factor de unificación familiar, de convergencia hogareña, en correspondencia con el llamado espíritu navideño, digno de ser cultivado.     

Balance le dicen unos, recuento o resumen le dicen otros, pero todos nos sentimos como obligados, ya para entrar en el carruaje de un nuevo año, a volver la cara y echarle un vistazo totalizador a lo sucedido en los 364 días previos; la evaluación personal de los resultados conduce a una celebración o a un propósito de enmienda, hay espacio sin embargo para una tercera derivación, que es la preocupación que nos dejan algunas constataciones por reiteradas y que a nombre del futuro nos lleva a reflexiones. Visto así el 2014 ha sido un año impregnado de luto por tantas vidas segadas en un mundo de cuyos grandes problemas y miserias no es posible sustraerse, y localmente como resultado de situaciones anómalas vueltas crónicas, y de graves crisis. Contamos entre nosotros cifras brutales de asesinatos por la delincuencia desatada, como también a mano de cuerpos policiales, milicias, y oficiales ensoberbecidos; a lo que se suman masacres carcelarias.

Aparte de la petición a Jesús en su arribo, de que nos ayude a mejorar el escenario y las condiciones en que discurre nuestra vida, en esta Venezuela militarizada y conducida por ignorantes a fosos del peor atraso, sigamos nosotros -juntos y a conciencia firmemente unidos- cumpliendo nuestro deber de organizarnos y trabajar sin tregua, en el empeño de recuperar al país en su dignidad y camino a un merecido futuro de acento constructivo.