• Caracas (Venezuela)

Ignacio Serrano

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Jackie Robinson

Jackie Robinson | Archivo

Jackie Robinson | Archivo

El beisbol recuerda una vez más al legendario jugador que ayudó  decisivamente a quebrar la barrera racial en el beisbol

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Alfonso Carrasquel no quería ir a Texas.

Los Dodgers decidieron enviarlo a su equipo doble A en Fort Worth, pero el "Chico" estaba determinado a jugar en las grandes ligas. Era la primavera boreal de 1949.

El legendario caraqueño había impresionado con su habilidad al campo, que le llevaría a convertirse en uno de los mejores shortstops venezolanos de todos los tiempos. Sólo la intervención de su tío, Alejandro Carrasquel, pudo convencerlo.

El "Patón" estaba por completar su carrera en la gran carpa y Brooklyn le pidió que hablara con el prospecto, para evitar que se marchara a casa.
"Vamos a hacer una cosa", contó el "Chico" que le planteó su tío. "Tú sigues para el sur, te quedas en Texas, y si no te gusta, si no te conviene, sigues para Venezuela".

El relato está en el maravilloso libro *Con la V en el pecho*, escrito hace dos décadas por Milagros Socorro y reeditado hoy por Ediciones B, para alegría de quienes amamos el beisbol.

Al Chico no le gustó lo que vio, del aeropuerto al hotel texano donde se alojaría.

"Ay carajo", dijo que pensó. "Por la ventanilla iba viendo las calles, las tiendas, las cafeterías, y muchas de ellas tenían letreros que decían: 'No se aceptan perros, ni negros, ni mexicanos'".

Recordamos la anécdota este lunes, por ser el Día de Jackie Robinson.

Decenas de peloteros pidieron usar el retirado número 42 para rendir homenaje al jugador que aceptó el desafío de romper la barrera racial en las grandes ligas.

Estados Unidos era todavía una democracia nominal, un país para la mayoría blanca y un campo de concentración para la minoría negra.
El beisbol era el pasatiempo nacional en ese país quebrado en dos cuando Robinson conoció a Branch Rickey, el ejecutivo de los Dodgers que estaba por sacudir a la sociedad estadounidense, firmando a una estrella de las ligas negras: "¿Usted quiere a alguien que tenga las agallas de elear?", pregunta el actor Chadwick Boseman a Harrison Ford, quien personifica a Rickey en el film *42*, que se estrenó el viernes en el norte. "No, quiero a alguien que tenga las agallas de no pelear", respondió Ford.

Robinson debutó con Brooklyn en 1947 y de inmediato causó una verdadera revolución.
Recibió pelotazos intencionales, insultos, escupitajos, amenazas de sus colegas y las tribunas. Algunos de sus propios compañeros se opusieron a que se quebrara el *status-quo*.

Con la misma fortaleza que sostuvo en su prédica de no violencia Mahatma Gandhi, en la India; con el mismo carácter de Nelson Mandela, en una lucha que quizás parezca trivial, al lado de aquellas, pero que tuvo, sin duda, un tremendo valor simbólico, el camarero y antesalista abrió la brecha para que terminara el vergonzoso *apartheid* beisbolero e hizo su aporte en las conquistas civiles que llegarían a su mayor impulso con la Marcha sobre Washington de Martin Luther King, 16 años después.

Las más grandes estrellas del beisbol actual son negros, japoneses, dominicanos, venezolanos, mexicanos y, por supuesto, blancos anglosajones.

Las ligas Americana y Nacional son un crisol, a pesar de la merma de afroamericanos, que ahora prefieren el fútbol americano o el baloncesto, tal vez porque se llega más rápidamente a la NFL o la NBA que a la MLB, y por lo tanto, porque se cobra más dinero allá que en la pelota.

La presencia latina ha compensado la merma y hoy se les festeja y aplaude como protagonistas de los diamantes.

Es asombroso que hace apenas seis décadas, menos que la vida de un hombre promedio, resultara un desafío que un negro jugara en la gran carpa; o como vio el "Chico" en Texas, que simplemente tratara de buscar en la calle un lugar donde almorzar.