• Caracas (Venezuela)

Ignacio Serrano

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El Emergente

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Un cartel apareció en la prensa capitalina, anunciando con emoción “¡El máximo acontecimiento deportivo del año!”. Corría enero de 1928 y los caraqueños se aprestaban a inaugurar su nuevo parque de beisbol, “el monumental stadium San Agustín”, de acuerdo con el anuncio. La ocasión ameritaba un juego especial, en un país enamorado del beisbol desde hacía muchos años. “Los invencibles norteamericanos del Crisfield”, prometía el aviso, “contra los formidables tigres del Santa Marta”. “Juego doble, mañana y tarde”. “Tres lanzadores guaireños estarán en caja”. El Crisfield era, en realidad, Cristfield Crabbers, o Cangrejeros de Cristfield, una población ubicada en el este de los Estados Unidos, en Maryland, cuyo equipo profesional pertenecía a la Liga de la Costa Oriental (Eastern Shore League), un circuito categoría D, el equivalente a lo que hoy conocemos como clase A media. Los visitantes, en realidad, tenían una nómina discreta. En 1927 sólo contaron con un pelotero que eventualmente llegó a las mayores, Paul Richards, un receptor que a los 18 años de edad estaba lejos de empezar su carrera de ocho campañas con los Dodgers de Brooklyn, los Gigantes de Nueva York, los Atléticos de Filadelfia y los Tigres de Detroit. Aquel duelo, celebrado a casa llena el 29 de enero de 1928, fue ganado por el Santa Marta, con victoria del boricua Marcelino Blondet y jonrón del legendario dominicano Tetelo Vargas. El entusiasmo que generó esa visita del Cristfield es sólo uno de muchos antecedentes que echaron las bases de la pasión que hoy desborda Venezuela, mientras sigue a la selección nacional en el Clásico Mundial.

La primera vez que un equipo criollo contrastó sus habilidades con un combinado extranjero ocurrió en octubre de 1902, en el campo del Bolívar Base Ball Club, en La Guaira. Fue la célebre cartelera doble que disputaron los jugadores del Caracas Base Ball Club, el equipo más antiguo del país, y los marineros del buque de guerra Marietta, de la armada de los Estados Unidos. El debut internacional fue amargo y dulce: los caraqueños cayeron con pizarra de 16 carreras por 13 en el duelo inicial, pero se desquitaron en el segundo, con marcador de 27 por 17. Habían transcurrido siete años desde el nacimiento de la novena, que tenía su hogar en el Stand del Este, a un costado de la actual sede de la CANTV, en Quebrada Honda. Siete años desde que por primera vez apareciera reseñado en los periódicos locales un acontecimiento relacionado con el beisbol, en una nota en la que el diario capitalino El Tiempo confundía este deporte con el ajedrez y le daba el apodo de “Base Bale”.

La verdadera internacionalización de nuestra pelota ocurrió en 1918, con la visita del Borinquen Stars, celebérrima novena de Puerto Rico, un trotamundos que recorría el Caribe y sus alrededores, celebrando encuentros con quien estuviera dispuesto. El Borinquen Stars le enseñó a los venezolanos a jugar beisbol moderno: la utilización de los relevistas, el papel del manager, la forma correcta de correr las bases. De allí al título mundial de los Héroes del 41, el primero de los tres que ha conquistado Venezuela, sólo faltaban 23 años. Estos recuerdos aparecen en el libro Beisbol Venezolano, 1895-2013, de Javier González, entretenida ampliación de su obra Orígenes del Beisbol Venezolano, que el BBVA Provincial acaba de editar, anexándole una guía de la Vinotinto en el Clásico Mundial. No está a la venta, pero se obsequiará a través de la cuenta @bbvaprovincial. Ojalá tengan la oportunidad de conseguirlo. Como toda obra de González, es un libro grato, que nos muestra por qué Venezuela se desvive por los diamantes.
@IgnacioSerrano
www.elemergente.com