• Caracas (Venezuela)

Ignacio Peyró

Al instante

Hora de incertidumbre para España

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Entre las peores cosas que le pueden pasar a un país está –precisamente– que nadie sepa lo que va a pasar con ese país. Por desgracia, este es el principio de incertidumbre que domina la política española en tránsito de 2015 a 2016. A pocos días de las elecciones, nadie sabe si habrá que repetir las elecciones. En plenas negociaciones para la formación del gobierno, nadie sabe quién será presidente del gobierno. Las opciones más delirantes están sobre la mesa y, en estos momentos, intentar la profecía es hacer oposiciones al ridículo. Lo único cierto es que la institucionalidad española –por primera vez desde la Constitución de 1978– se va a adentrar en un terreno incierto. Y que, ante su hora de responsabilidad, no hay garantía de que los líderes españoles actúen con responsabilidad plena. Al cabo, solo de ellos depende pasar del trazo grueso a la orfebrería de los pactos o devolver a la escena espectros de otro tiempo como la ingobernabilidad y el frentismo. Visto con desapasionamiento, el panorama propicia consideraciones melancólicas: ¿cómo es posible que el país que mejor se ha recuperado de la crisis esté a punto de entrar en un maelstrom institucional? ¿Cómo es posible que el país que más empleo crea en Europa esté al borde de la duda existencial? Como diría Housman, “no preguntes más, por miedo a la respuesta”.

La cartografía poselectoral es compleja porque estas son las únicas elecciones que no ha ganado nadie. El Partido Popular, la formación de centro-derecha liderada por el presidente Rajoy, ha pasado de una mayoría absoluta a una mayoría raquítica. Las cuentas no le cuadran para un gobierno en minoría. Los populares ni siquiera suman con el apoyo de Ciudadanos, esa estrella ascendente de la política española que –con rasgos de derecha y rasgos de izquierda– pagó en las urnas sus ambigüedades de campaña. Y, por supuesto, tampoco pueden reeditar viejos acuerdos con las fuerzas nacionalistas por la simple constatación de que ahora son fuerzas secesionistas. Ante esta enrarecida geometría, las miradas se vuelven a Pedro Sánchez: el líder socialista ha conseguido los peores resultados de su partido, pero salta a la cancha investido de árbitro de la situación.

En muchos países europeos –se alega– la solución sería sencilla: una gran coalición a la alemana entre Partido Popular y Partido Socialista, o al menos una renuente investidura de Rajoy para garantizar la estabilidad. Al fin y al cabo, no faltan zonas de sombra en la situación española, notablemente la amenaza secesionista catalana y los planteamientos radical-populistas de Podemos. Sánchez, sin embargo, se muestra dispuesto a formar un gobierno con esos mismos apoyos: con pésimos resultados electorales y una fuerte contestación interna, su única baza para prolongar su vida política pasa por investirse presidente. Su ambición, sin embargo, puede ser también su sepultura: ni los socialistas ni sus electores –ni el dinero o la Unión Europea– quieren alianzas con la extrema izquierda y el secesionismo.

Así de inescrutable está el damero español. “En la monarquía de España –afirmó Gracián– las provincias son muchas (…), las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados”. Sí, hay una vieja tradición de ingobernabilidad en el país, y –al igual que la Inglaterra del XIX– la España del XXI tampoco gusta de coaliciones. Esta vez, sin embargo, tendrá que elegir entre las coaliciones o una incertidumbre demasiado parecida a la inestabilidad. Mientras tanto, los españoles demandan a sus políticos esa “gran capacidad para conservar y para unir” que también les pedía Gracián.