• Caracas (Venezuela)

Ignacio Jiménez

Al instante

España: nuevas elecciones en el horizonte

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Apenas concluía la jornada electoral en España cuando el candidato del PSOE, Pedro Sánchez, comparecía ante los medios para evaluar el resultado de las urnas. Para el líder socialista, los números de su partido habían hecho historia. Y bien puede pensarse que Sánchez tenía razón: el derrumbamiento del PSOE era de envergadura histórica. Desde aquel ya lejano 20 de diciembre hasta hoy, el socialista parece haber perseverado en esa vocación de dar un objeto de estudio a la historiografía. No en vano, es el primer candidato que se presenta a una investidura presidencial sin ganar las elecciones, y también es el primer candidato que fracasa en esa investidura. Estas no son cosas que, en la doble ronda parlamentaria de esta semana, haya dejado de recordarle, con verbo hiriente, el presidente en funciones, Mariano Rajoy.

Las propias sesiones en el Congreso de los Diputados sí son dignas de pasar, como mínimo, a la pequeña historia de las Cortes Españolas. Hubo discursos de gran empaque e invectivas poderosas para deleite de los observadores de la política. Más allá, sin embargo, de la brillantez oratoria, el marcador apenas se ha movido. El PSOE y su inesperado socio centrista, Ciudadanos, han quedado lejos de la mayoría absoluta: han logrado apenas 130 de los obligados 176 apoyos. Su pacto, por tanto, ha sido tan grandilocuente en lo simbólico como inefectivo en lo práctico. Y el fracaso de ambas fuerzas cierra una puerta y abre otra en la agitada institucionalidad española de estas últimas semanas. A partir de ahora, se inaugura un plazo de dos meses en el que, de nuevo, Felipe VI llamará a las fuerzas políticas y las fuerzas políticas volverán a negociar. Las perspectivas son poco halagüeñas: es improbable que nadie sume suficientes apoyos para formar gobierno. Y, por tanto, también es improbable que el monarca encargue a nadie su formación. Así las cosas, ¿quién puede extrañarse de que los partidos anden ya preparando la campaña de cara a unas nuevas elecciones?

Nada se ha movido, decíamos, en la política española. Y, sin embargo, hay posicionamientos tácticos significativos. En los debates de la investidura de Sánchez, Podemos –simpatizantes del chavismo– dinamitó con su violencia retórica toda posibilidad de acuerdo con el PSOE, y cabe recordar que sólo la suma de PSOE y Podemos lograría garantizar un gobierno para los socialistas. Ciudadanos, por su parte, parece haberse conjurado indefinidamente con el PSOE, muy para el estupor de un electorado nutrido de desencantados de la derecha. En cuanto al presidente Rajoy, no dejó de sentir resarcimiento y alivio al descalificar a Sánchez y a Ciudadanos, pero ahora debiera comenzar a negociar con ellos y las negociaciones son peor que inciertas: Sánchez no quiere ni sentarse con el Partido Popular; Ciudadanos clama por la sustitución de Rajoy para forjar el entendimiento. Mientras tanto, sólo Podemos sonríe. Al fin y al cabo, tienen hasta comienzos de mayo para analizar las encuestas, sumar nuevas fuerzas de su espectro ideológico y, llegado el caso, forzar nuevas elecciones. Eso implicaría la pérdida de la hegemonía del PSOE en la izquierda española. Y eso sí sería hacer historia.

Más allá de los posicionamientos tácticos, hay también poderosas corrientes de fondo que deben sopesarse para hacerse cargo de la actual hora de España. No pocos se han visto sorprendidos ante un hecho: ¿cómo es posible que, después de las elecciones, nadie haya pedido la tan esperada, la tan deseada gran coalición entre la izquierda y la derecha, entre el PSOE y el PP? No es una teoría conspirativa afirmar que las élites financieras se muestran tan temerosas de Podemos como desconfiadas de Rajoy. De Podemos piensan que sería la ruina; de Rajoy acusan el desdén –para él independencia, para ellos arrogancia– que ha mostrado hacia sus intereses. Y creen que la solución tanto para frenar a Podemos como para acabar con Rajoy pasa por impulsar a Sánchez y Ciudadanos. Que el mandato democrático quede en ligera desconsideración –a veces hay que recordar que el PP de Rajoy ganó las elecciones– es algo que no parece preocupar en exceso.

Curiosamente, Rajoy pertenece a ese perfil de político que, siempre menospreciado, siempre ha terminado por salir vencedor. Son muchos los enemigos que le tomaron la delantera para –finalmente– verse despeñados mientras el actual presidente proseguía su camino. Quizá esta vez sea más grave, quizá ceda por primera vez a las presiones. O tal vez no aguante la lluvia dura de la corrupción en su partido. O, más verosímilmente, tal vez Sánchez y Ciudadanos exijan su marcha para dar su apoyo al PP. En todo caso, nadie debiera darle por amortizado todavía. Cuando, allá en el Gran Siglo francés, el dramaturgo Corneille escribe sobre los muertos que gozan de buena salud, parecía estar pensando en este gallego correoso y resistente que se apellida Rajoy Brey. Quedan muchas horas de baile en España todavía.