• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

La universidad: el cupo obligado y la sociedad del conocimiento

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I.

La universidad es una institución que se está repensando en todos lados, a distintas velocidades en  cada lugar y en cada caso, pero siempre bajo el entendido de que no puede no transformarse. Es una tarea obligatoria en estos tiempos marcados por producción masiva y acelerada de conocimientos en diversas formas, con diferentes fines. Vivimos, ya se sabe, en la llamada sociedad del conocimiento.

II.

Los que saben de estas cosas hablan de una “explosión epistemológica”. Señalan, en este sentido, que el conocimiento de base disciplinaria, registrado internacionalmente, hasta no hace mucho duplicaba su volumen cada 50 años. Ahora lo hace cada 5 años y se calcula que para el año 2020, o sea, para pasado mañana, se duplicará cada 73 días, y no digamos de la prontitud con la que se está haciendo obsoleto. Desde el punto de vista cualitativo señalan la presencia de nuevas disciplinas y subdisciplinas y de la transdisciplinariedad como hábito entre los investigadores, al tiempo que los ciclos que van desde la creación del conocimiento hasta su aplicación se han acortado de manera espectacular, siendo, a veces, cuestión de meses.

Indican, así mismo, que la creación de conocimientos tiene lugar en diversos ámbitos –es una actividad socialmente dispersa–, al punto de que la universidad ha perdido su “monopolio epistemológico”. De hecho, las estadísticas muestran que, en la mayor parte de las áreas, es un proceso que cobra forma en la empresa, bajo su lógica y de acuerdo con sus fines y en muchas ocasiones valiéndose para ello de las propias universidades.

Añaden, por otro lado, que el control de calidad, necesario en las tareas científicas, ya no es más cuestión exclusiva de los propios investigadores, sino que es complementado por otros puntos de vista, amén de que se abren espacios para la participación ciudadana en ciertas decisiones relativas a su orientación. Y subrayan, también, la necesidad de tomar en cuenta que la generación de conocimientos se ha ido internacionalizando de muchas maneras, hay una suerte de “academia mundial”, posible gracias a una multitud de redes virtuales.

Estos son apenas unos rasgos que dibujan los cambios experimentados en los procesos de creación, difusión y utilización de conocimientos. Como resulta fácil de imaginar, son numerosas y diversas las implicaciones que derivan para la universidad, tanto en su estructuración y desempeño como en sus fines. Marcan referencias que, si bien no deben ser asumidas como determinantes, tampoco pueden ser ignoradas (los hechos son tercos, solía advertir Lenin).

III.

Mientras estas cosas pasan, entre nosotros la discusión sobre la universidad se encuentra atrapada por la decisión del gobierno con respecto al cupo universitario, una medida que manipula el argumento de la equidad social y se vale del atajo para sortear las graves fallas del bachillerato venezolano. Una medida que terminará en un espejismo estadístico (somos el país del planeta que tiene más estudiantes universitarios, ¡uf!), perjudicando, de paso, a los estudiantes que aparentemente quiere beneficiar. Una medida, en fin, que, perspicacia aparte, pareciera dirigida no tanto a “democratizar” el acceso, como  a encajar una pieza más en la estrategia de supeditar a universidades públicas que le son díscolas políticamente hablando.

Así las cosas (incluyamos también la falta de presupuesto, el insuficiente sueldo de los profesores, la falta recursos para investigar y paremos de contar), el clima no es el más propicio para que tenga cabida un diálogo sobre la cuestión universitaria.

El país está, pues, dejando de hacer una tarea urgente. No es buena cosa jugar con el futuro. Es irresponsable.

Harina de otro costal

La Copa América fue un torneo soso que, en el futuro, podremos contarnos en pocas frases. Tal vez digamos, si acaso, que fue el torneo en el que el chileno Jara le tocó el trasero al uruguayo Cavani en un juego de cuartos de final. Jara fue sancionado de acuerdo con un código moral riguroso que protege el carácter sagrado de los glúteos masculinos, mientras que la FIFA pregona el “fairplay” y corrompe el fútbol a nivel mundial

Como se ve, la hipocresía gobierna, tanto dentro como fuera de la cancha.