• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

Los terrícolas aún no se sienten terrícolas

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I.

Desde hace tiempo, los terrícolas  decidieron reservar casi todos, si no todos, los 365 días del año con la idea de refrescarse la memoria y tomar conciencia, incluyendo el aderezo de cierto remordimiento, con relación a asuntos en los que la sociedad muestra desacomodos o injusticias notables, indicio de lo que pudiéramos denominar un “déficit civilizatorio”.

En ese sentido inventaron el Día de la Tierra, que se celebra cada 22 de abril, a fin de llamarse a botón con respecto a la superpoblación, la contaminación, la conservación de la biodiversidad y otras preocupaciones ambientales, tratando, pues, de recordar que son terrícolas.

 

II.

A mediados del siglo XVII, Francis Bacon escribió que la misión de la ciencia era convertir al hombre en el dueño del universo, que no había que mirar la naturaleza como algo sagrado, sino como una “ramera colectiva”, al paso que proponía “sacudirla hasta sus cimientos” con el propósito de “expandir los límites del imperio humano hasta hacer realidad todas sus posibilidades”. De estos lodos nos vienen, obvio, los graves desacomodos que hoy padece la naturaleza.

Desde 1968, a propósito de una reunión del Club de Roma, los terrícolas se reúnen y se repiten que hay que revisar la actitud desde la que se ha venido considerando el medio ambiente y, consecuentemente, transformar el patrón de desarrollo, sin distingos políticos ni ideológicos, pues el ropaje baconiano ha servido lo mismo para cubrir el capitalismo que el socialismo en el formato que se hizo añicos en el Muro de Berlín.

El actual modelo de desarrollo, está, así pues, siendo objeto de fuertes críticas a lo largo y ancho del planeta. Los terrícolas van de reunión en reunión, con una retórica cada vez más afinada y diagnósticos más sólidos con referencia a los peligros que corre el planeta, tomando algunas acciones importantes, cierto, pero que todavía lucen demasiado cortas respecto a lo que hay que hacer.

 

III.

Vivimos tiempos que no son nada sencillos, caracterizados por cambios rápidos, profundos y hasta dramáticos. Así las cosas, ha surgido la necesidad de trazar, con urgencia, nuevos mapas, tanto teóricos como políticos, imprescindibles para desandar caminos e imaginarse otros. Sin embargo, por ahora pareciera que los terrícolas andan sin brújula, se conducen por el método de los bandazos. El socialismo real explotó, el socialismo del siglo XXI es una quimera (de la que los venezolanos tenemos evidencias de primera mano, por cierto) y el capitalismo trata de re inventarse sin mucho éxito. Tirios y troyanos todavía miran el deterioro ambiental como una suerte de “daño colateral” derivado del crecimiento del PIB de cada país.

Incapaces aún de mirar más allá de sus narices, es decir, de sus fronteras locales, los terrícolas no terminan de acordar cómo deben relacionarse los unos con los otros y cómo vincularse con el entorno natural en estos tiempos globalizados, marcados por las posibilidades espectaculares que asoma la tecnociencia. Continúan atacando la Tierra sin querer queriendo. No han hecho bien la tarea de repensar el futuro y de inventarse otro distinto conociendo “los caminos que conducen al infierno a fin de evitarlos”, según habría aconsejado Nicolás Maquiavelo.

 

Harina de otro costal

De tanto en tanto, algunos estudios internacionales destacan a Venezuela entre los países más felices de la Tierra. Cualquiera que viva por estos lados del mapamundi y constate cómo transcurre la vida nuestra de cada día, se pregunta si la inseguridad, la escasez, el uso agresivo del poder y otras cosas de parecido tenor, parte del paisaje nacional, son solo “sensación térmica”. Luego de revisar uno de los últimos informes, a cualquiera se le ocurre pensar, entonces, que a lo mejor aquí somos felices, pero quién sabe por qué no nos damos cuenta de ello.