• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

La sociedad del riesgo global

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I.

Vivimos tiempos muy complicados caracterizados por transformaciones rápidas, profundas y hasta dramáticas, que contravienen los moldes que acomodaron (y desacomodaron) la vida humana durante el último tramo de su historia. No estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época, según la manida frase.

Digo lo anterior porque hace apenas unos días murió el sociólogo alemán Ulrich Beck, tenido como uno de los más agudos pensadores contemporáneos, entre los que más contribuyó a descifrar el significado de las mutaciones que marcan actualmente el curso del planeta, asociadas, de manera muy estrecha, a la globalización.

 

II.

Hacia finales de la década de los ochentas, Beck acuño el concepto de “sociedad del riesgo”, eje de un diagnóstico en el que examinaba las consecuencias generadas por el desarrollo industrial no regulado. Palabras más, palabras menos, hablaba del “riesgo manufacturado” y argumentaba de la aparición de formas inéditas de peligro. Años más tarde redondeó su análisis en el libro Sociedad del riesgo global,  alegando que hoy en día los problemas traspasan fronteras y rebasan la “jurisdicción” del Estado nacional, dejando al aire las costuras de las instancias supranacionales, presumiblemente encargadas de la gobernabilidad del planeta. Adicionalmente, sostuvo que las sociedades del riesgo no son sociedades de clase; sus situaciones de peligro no se pueden pensar como situaciones de clases, ni su conflictos como conflictos de clase. La miseria es jerárquica, escribió, mientras el esmog es democrático. Los riesgos producen un efecto igualador, allí reside su novedosa fuerza política.

En suma, la civilización se pone en peligro a sí misma, cosa no imputable a Dios, a los dioses ni a la naturaleza, sino a las decisiones humanas y los efectos industriales, es decir, a la tendencia de la civilización a configurar y controlar todo

 

III.

Sostuvo Beck que la principal ambigüedad del conocimiento científico-tecnológico consiste en que se ha transformado en la principal fuente de riqueza y riesgo simultáneamente. En otras palabras, ha generado una riqueza que se distribuye en forma jerárquica y un riesgo que se distribuye en forma democrática. Dentro de este marco, asomó la necesidad de que  la gente participara en la orientación del desarrollo tecno-científico.

La democratización de los riesgos obliga a democratizar la regulación del riesgo, señaló el intelectual alemán. En esta línea de pensamiento ha cobrado fuerza un punto de vista de acuerdo con el cual la democracia de nuestros días debe suponer la existencia de mecanismos institucionales a fin de que las personas puedan intervenir en las decisiones asociadas a este ámbito. Es esta intervención, no cabe duda, una condición de ciudadanía en la actualidad, a fin de que los aspectos éticos, políticos, ambientales, jueguen su papel modulando la producción de conocimientos, lo cual, es bueno advertirlo, no es asunto de estatizar, como con cierta frecuencia se piensa, sino de abrirle campo a la democracia, ajustándola a la naturaleza y las condiciones propias de las actividades científicas, tecnológicas y de innovación.

 

IV.

La tarea pendiente es, entonces, inventar otro futuro “conociendo los caminos que conducen al infierno”, según habría aconsejado Nicolas Maquiavelo. Y, tal como están planteadas las cosas, este nuevo futuro depende no solo, pero sí en alto grado, de cómo orientar y organizar políticamente el desarrollo tecno-científico en torno a las aspiraciones dirigidas a humanizar la sociedad desde lo local, pero en un entorno que es, a la vez, cada vez más global.

 

Harina de otro costal

Infortunadamente, los Tiburones de La Guaira se quedaron a medio camino en el round robin. Uno, impermeable al desaliento, guarda, entonces, su esperanza en la gaveta correspondiente y manda a lavar su chaquetica para la temporada que viene, cuando el beisbol vuelva a existir y la samba vuelva a hacer sonar, como siempre, su música sacra.