• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

El sobrecito manila

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I.
Lo miras por la televisión y te parece un buen tipo, además de parlamentario inteligente, informado y de buen verbo. El hecho de que te lo presenten en un video manufacturado con mala leche, es decir, con premeditación y alevosía, no cambia tu percepción; lo que te sorprende es su falta de malicia, un ingrediente que hace mucha falta en el medio político. Como no la cambia tampoco la premura con la que sus partidarios lo apartaron de sus responsabilidades y de su militancia, una medida que ha sido calificada de maestra desde el punto de vista de la campaña, pero que a ti te luce despiadada para con un compañero político de su trayectoria. Y menos te la modifica, en fin, el hecho de que la Asamblea Nacional se haya puesto grave y solemne, como pocas veces se la ha visto, y lo haya despojado de la inmunidad parlamentaria.
Es que tú sabes, como todo el mundo, que quienes, desde el lado del oficialismo, urdieron la treta –una pieza clásica de la llamada guerra sucia– tienen eso que los abogados llaman la presunción de rabo de paja a cuenta de irregularidades que rebasan ampliamente esos piches 40.000 bolívares en efectivo que le entregaron a él, puestos en un sobrecito manila, según se cuenta en el video elaborado por orden de un empresario simpatizante de la revolución y a quien, cuentan, ésta le adeuda una cantidad mayor de dinero.

II.
Pero, en medio de la desmesura del escándalo, a ti te da por pensar en otras cosas. Te parece extraño, por ejemplo, que nos concentremos en el fulano sobrecito de manila y no aprovechemos el episodio para retomar el tema del financiamiento público a los partidos y las campañas, prohibido en Venezuela con tal vez muy buenas intenciones, pero seguramente con malas consecuencias, dado que ha puesto la política en manos de los recursos obtenidos del presupuesto gubernamental o, en el caso de que no se tenga acceso a éste, en las de determinados intereses privados. Se trata, en ambas situaciones, de mecanismos que le prestan un flaco servicio a la democracia al atentar contra el “fair play” electoral.
Y, por otra parte, piensas, así mismo, cuán peligroso resulta que veamos sin asombrarnos cómo se recurre a una grabación justificada –vale chuparse el dedo– por la intención de adecentar la política, aunque para nadie es desconocido que se trataba de un proyectil guardado hace meses para hacerlo explotar en la cara de la oposición, justo en la recta final de la carrera presidencial. Más allá de la obvia e importante discusión acerca del valor que tiene un video como alegato jurídico, preocupa la manera como el espionaje de la vida privada de los ciudadanos se va volviendo rutina y la sociedad orwelliana va, poco a poco, dejando de ser la fantasía descrita en un libro, hace más de medio siglo. El Estado (¿o más bien el Gobierno?) aumenta su capacidad de examinar nuestras vidas a cuenta, se alega, de protegernos y darnos seguridad. Pero la vigilancia de los ciudadanos ahora no sólo es ejercida por el Estado, sino que las nuevas tecnologías de información permiten la posibilidad –y siempre se puede encontrar un motivo noble para hacerlo– de que cada quien pueda vigilar a su prójimo. El Gran Hermano no es ya sólo el Estado, puesto que la relación de control deja de producirse en una sola dirección y se vuelve circular.
 
III.
Muchos se rasgan las vestiduras ante este video, mientras que para episodios infinitamente más gruesos sobra el silencio. Por eso no puedes dejar de preguntarte cuánto pesa, en términos de la ética política, el sobrecito manila entregado –y cuya ilegalidad no es, además, evidente–, al lado de tantas otras cosas que distorsionan la campaña, ni dejar de preguntarte, así mismo, hacia dónde mirará, entre tanto, el diputado que empuñó la denuncia contra quien a ti te sigue pareciendo buena gente.

Harina de otro costal
El Gobierno uruguayo ha redoblado la enseñanza del inglés en las escuelas. Ciertos sectores políticos radicales han elevado su más enérgica protesta argumentado razones ideológicas de diverso pelaje. El presidente Mujica ha defendido la medida diciendo que ello es necesario porque, si no, “cómo diablos vamos a entendernos con los chinos”. Según se ve, no en todas partes se entiende de la misma manera la noción de imperialismo.