• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

La profesora Olga Gasparini

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I.
Hace cuatro décadas la ciencia era considerada en Venezuela una tarea rara. Los científicos eran seres extraños y muy inteligentes. Los laboratorios eran recintos casi sagrados, vedados a cualquiera que no tuviera una bata blanca. Allí se hacían cosas que solo interesaban a los investigadores. El país estaba en otra cosa y la ciencia importaba muy poco desde el punto de vista social, era asunto, más bien, de americanos y europeos.

En ese contexto, dibujado en trazos gruesos mediante el método de la caricatura, una joven socióloga que apenas había pisado los 30 años publicó en 1969 un libro pionero que retrataba por primera vez a Venezuela desde el punto de vista de sus capacidades científicas, y arrojaba informaciones que no aparecían, ni por asomo, en las estadísticas nacionales. Como lo ha señalado la historiadora Yajaira Freites, con la escritura de ese texto Olga Gaparini le abrió el camino al estudio de la actividad científica desde la perspectiva de las ciencias sociales. Luego de ese libro inicial, ella siguió realizando trabajos que empezaban a asomar teorías y explicaciones acerca del papel del desarrollo científico y tecnológico en una sociedad como la nuestra. Desgraciadamente murió demasiado temprano, pero le alcanzó el tiempo para dejar bien sembrado un campo de estudio muy importante que, afortunadamente, otros muchos que vinieron después de ella se han encargado de cultivar y que hoy en día, en medio de la explosión de la tecnociencia, resulta imprescindible para contribuir a descifrar los códigos que explican esta época.

Hace dos o tres semanas el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) le hizo un homenaje a Olga Gasparini. Un acto justo porque sirvió para recordar a quien no debemos olvidar.

II.
Si se me permite un toque personal, diré que fui alumno de la profe Gasparini en la Escuela de Sociología de la UCV. Por una serie de casualidades y gracias a varias carambolas, que es como se fraguan las cosas importantes de la vida de cada quien, siendo estudiante fui uno de sus asistentes en el Departamento de Sociología y Estadísticas del entonces recién creado Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicit). Bajo su dirección aprendí a interesarme en un tema con el que la he pasado muy bien durante toda mi vida profesional. No tengo palabras para agradecérselo.

Harina de otro costal
La muerte de Robert Serra y de María Herrera duele por varias razones. Duele porque mueren asesinados. Duele porque eran muy jóvenes para andarse muriendo. Porque sacude el corazón de sus padres, familiares y compañeros de la política. Porque reitera el país violento y despiadado que estamos siendo. Duele, así mismo, porque nos infecta miedo.

Además de doler, la muerte de Robert Serra y María Herrera es lamentable porque el gobierno respondió con insensata premura para dar la versión del asesinato. Porque no esperó lo que tenían que decir los organismos encargados de aclarar las cosas. Porque al ratico informó que tenía claro el móvil del crimen, atribuyéndoselo a quienes se oponen a la revolución bolivariana, es decir, a la “otra” mitad del país. Porque, sin que mediara el más mínimo pudor moral, se ocupó de la manipulación política de la desgracia ocurrida.

Pero además de doler, la muerte de Robert Serra y María Herrera deja en todos nosotros la sensación de que nunca se sabrá qué paso. De que quedará como un rompecabezas sin armar, con varias piezas regadas y otras desaparecidas. La sensación, así pues, de que no tenemos Estado, sino apenas un gobierno que se protege con un escudo de palabras a las que le ha quitado su sentido, para desmentir una realidad cada vez más hostil.

En fin, además de doler, la muerte de Robert Serra y María Herrera nos recuerda preguntas viejas que nunca se contestaron, como, por ejemplo, quién mató a Danilo Anderson.