• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

El papa verde

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I.

Se ha tomado en serio el siglo XXI y predica de acuerdo con sus desafíos e incertidumbres, sus problemas y esperanzas. En esta ocasión se trata de una nueva encíclica, Alabado seas, sobre el cuidado de la casa común, de la cual ya se supo antes de lo previsto, al parecer por haber sido filtrada este lunes (en todas partes se cuecen habas), por la revista italiana L’Espresso. En el documento aborda temas tales como la conexión entre el cambio climático y la contaminación, la pérdida de la biodiversidad, la mala gestión de los recursos, la desigualdad entre las regiones ricas y pobres del planeta o la tibia respuesta de los líderes políticos y económicos ante el desafío de la actual crisis medioambiental. Mete uña en la situación actual del mundo y dibuja lo que, sin dramatizar, no pocos han conceptuado como una crisis civilizatoria. Encara, pues, asuntos que de acuerdo con muchos, incluso creyentes, rebasan las competencias espirituales que le tocan a la Iglesia Católica. Ciertamente, a los conservadores del planeta (favor incluir a los chinos, no solo a los republicanos de Estados Unidos), no les sientan bien estas casi doscientas páginas escritas por el papa Francisco.

 

II.

El lector no encuentra en esta nueva encíclica (apta para creyentes y no creyentes) un gran análisis de las causas científicas del calentamiento global (aunque datos y buenos argumentos no le faltan en este sentido), sino el punto de vista de la Iglesia sobre lo que considera un problema moral provocado por el ser humano, y que tiene consecuencias más allá del mero efecto sobre la sustentabilidad física del planeta, razón por la cual el mensaje viene, también, desde la perspectiva de la ecología humana.

Con esta obra el papa Francisco se abre hacia un escenario distinto en el magisterio de la Iglesia –el ecológico–, no con el propósito de dejar sentada la última palabra (allí la infalibilidad de su palabra no cuenta, dice uno), sino de “promover un debate honesto”, respetando “la diversidad de puntos de vista” con relación a las distintas cuestiones expuestas, subrayando, eso sí, la urgencia de actuar, visto el “rápido deterioro de esa casa común que es la Tierra”, y, por otra parte, “la debilidad de las reacciones en el escenario de la política internacional”.

En definitiva, la nueva encíclica llama a una “nueva solidaridad universal”. Propone lo que pudiéramos definir como una revolución cultural, orientada a cambiar estilos de vida y modelos de crecimiento económico. Se trata, por lo que se dice y por quien lo dice, de un texto oportuno y poderoso que ojalá influya para que los terrícolas, todavía renuentes, se tomen más en serio los “límites del planeta”, según la advertencia, hecha hace más de medio siglo, por un grupo de expertos congregados alrededor del Club de Roma. Y ojala influya, igualmente, para que en la reunión sobre el cambio climático que tendrá lugar a finales del presente año en París, se suscriba un nuevo acuerdo que remplace el hasta ahora, más o menos, inoperante Protocolo de Kioto.

 

Harina de otro costal

En general –no sé si haya alguna excepción–, las instituciones del Estado venezolano no son muy dadas a informar a los ciudadanos, y mucho menos a explicar, acerca de los asuntos que les toca manejar, que es lo democrático, según ha escrito Perogrullo. Digo lo anterior porque apenas antier el CNE comunicó, por fin, el día en el que tendrán lugar las elecciones parlamentarias. Lo hizo de manera inusualmente tardía, sin darnos las razones por las que no se había notificado antes ni las razones por las que ahora sí se hacía.

En un país tan crispado desde el punto de vista político y en el que el ventajismo electoral es casi norma, el manejo que se hizo de la escogencia de la fecha de los comicios contribuye a empañar el proceso electoral, sin haber comenzado aún. Con su silencio el CNE convirtió lo que es un dato propio de cronogramas y logísticas, en un hecho político que despierta suspicacias.