• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

La llamadita

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I.

Contra todo pronóstico, el pasado domingo fue un día tranquilo. Quedaron desmentidas las voces agoreras, aquellas que, es casi una costumbre, anunciaban violencia a comienzos de la tarde y casi guerra civil a partir del lunes. Como me lo hizo saber, hace varios días, una periodista inglesa, los venezolanos hemos impuesto la anomia en el tránsito, pero en las elecciones solemos ser ordenados y respetuosos, casi ejemplares. Votó un gentío, alrededor de 80% de las personas incluidas en el registro electoral, y el proceso se dio, en general, conforme a lo previsto por el CNE. Los resultados fueron anunciados temprano y aceptados casi de inmediato, en gesto elegante y democrático, por el candidato perdedor. De paso, ahora queda pendiente ver si éste queda plantado como líder de la oposición y con la tarea de repensar una oferta política que trascienda claramente el mero antichavismo, sobre la base de un movimiento cuya heterogeneidad ha sido a la vez su fortaleza y su principal debilidad.

 

II.

El triunfo del presidente Chávez, con una ventaja incuestionable (aunque empañada por un gran ventajismo durante la campaña electoral), deja al país de nuevo, y hasta próximo aviso, partido en dos trozos casi iguales. Dos trozos que, según el decir de su respectivo liderazgo, representan visiones muy distintas de la sociedad, incluso de su historia y, desde luego, de su futuro. Visiones cuyas diferencias ha subrayado de manera insistente y maniquea el candidato ganador, devaluando la calidad ideológica y política de los que lo adversan, algo que en mucho menor grado, y sólo en sectores muy radicales, han hecho también los ubicados del otro lado de la acera. Cabe preguntarse, entonces, si en su cuarto período el Presidente será capaz de intentar una reconciliación, la creación de una atmósfera de tolerancia que se traduzca en que las diferencias políticas no se procesen desde la lógica del autoritarismo maximalista, del todo o nada, a resultas de la cual hay un solo vencedor, dominador de todos los espacios políticos posibles, a cuenta de una mayoría aritmética obtenida en los comicios, desconociendo el espacio de las minorías (en este caso casi la mitad de la sociedad). La breve llamada que le hizo Chávez a Capriles, ha sido, por lo insólita, noticia política de primera plana, así andamos por estas tierras tropicales en los que un simple telefonazo suena a diálogo y a cercanía y consensos.

 

III.

Corresponde interrogarse, así mismo, en qué clave leerá el Presidente su victoria, si, por ejemplo, la entiende como ocasión de aumentar la identificación de su figura como líder con el Gobierno, el Estado y la patria, envuelto en un paquete que contiene un personalismo exacerbado hasta el culto a la personalidad e instituciones incapaces de servir de contrapeso, todo con el viento favorable del ingreso petrolero y dentro del molde del llamado socialismo rentista, una modalidad propia del socialismo del siglo XX, el que se deshizo en el muro alemán. O, si por el contrario, pondrá atención a la reflexión que ocurre en el pensamiento de izquierda a partir, por sólo decir dos cosas, de la globalización y la sociedad del conocimiento.

Preguntarse, igualmente, si luego de una campaña basada de manera determinante en las técnicas más sofisticadas del mercadeo capitalista, en la cual el candidato fue vendido como un refresco light, ¿creerá el presidente Chávez que los números salidos de las máquinas de votación le dan el mandato de llevar adelante su socialismo a lo siglo XXI?

En fin, ¿hará un corte de cuentas para mirar lo bueno, lo malo y lo feo de su larga gestión, o seguirá creyendo que vamos bien por donde vamos? ¿Tendrá, pues, conciencia de lo mucho que ha ayudado la riqueza petrolera a disimular la realidad nacional, pero no a cambiarla?

 

Harina de otro costal

Comienza esta semana la temporada de beisbol y con ella nos arropa, de nuevo, una sensación de normalidad y de país de todos que se nos ha vuelto casi rara a los venezolanos. En mi caso, significa renovar, como cada año, mi adhesión fanática por los Tiburones de La Guaira. El motivo para una fe casi religiosa. El argumento para un sectarismo “light”. La identificación con una historia que guardo como gloriosa. Y, sobre todo, la solidaridad con una fanaticada anónima, entrañable, que se me ha hecho imprescindible.