• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

Ignacio Ávalos

Por una franela rosa

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I.

Hablar de fútbol, el deporte que más les gusta a los terrícolas, es también, por desgracia, hablar de violencia, tanto dentro como fuera de la cancha. Violencia dentro de ella, no obstante el evangelio del “fair play” predicado por la FIFA, abogando por un deporte políticamente correcto. Y fuera de ella, a cargo de los espectadores, integrando las llamadas “barras bravas”, expresión de un fenómeno social complicado –según reza la experiencia de otros países–, de más o menos reciente aparición entre nosotros.

 

II.

Referirse al fútbol como violencia es, así mismo, referirse también a su exacerbado talante masculino. En efecto, éste ha encontrado allí, no obstante indudables progresos en cuanto a la igualdad de género, uno de sus bastiones más tenaces, no en balde la cancha fue definida alguna vez como “un espacio para la construcción de la virilidad”, véase si no, nada más que como un ejemplo, la gestualidad fálica asociada al gol. El balompié ha sido considerado, así pues, como un escenario idóneo para mostrar la identidad del varón, regida ésta por un formato que se resiste a perder vigencia, hecho de agresión, intimidación, arbitrariedad, dominio y cosas similares, en contraste con la identidad femenina –es la otra cara del mismo prejuicio–, fabricada a punta de sumisión, suavidad, debilidad y otros ingredientes del mismo tenor, los cuales, hasta no hace mucho, hacían del deporte una actividad no apta para mujeres, tal y como lo declaró a principios del siglo pasado, el barón de Coubertin, padre del olimpismo moderno.

 

III.

Digo lo que digo porque la realidad venezolana no deja de sorprendernos. Brinca la liebre cuando menos se espera, tal y como lo hizo, por ejemplo, el domingo antepasado en Pueblo Nuevo, el estadio que le sirve de sede al Deportivo Táchira, uno de los clubes de más linaje del balompié nacional.

Ese día, el equipo entró en la cancha para llevar a cabo un compromiso pautado dentro del campeonato de fútbol profesional y, en vez de vestir su tradicional camiseta aurinegra, lo hizo con una rosada, con el propósito de apoyar la causa que se libra, por estos días y en todas partes, contra el cáncer de mama, enfermedad que se lleva la vida de muchísimas mujeres, debido a que no se hace el trabajo preventivo y curativo adecuado.

La realidad que, reitero, en estos días pareciera rehusar siempre la calma, determinó, entonces, que inesperadamente un centenar de fanáticos invadiera el campo a fin de protestar por el ocasional uniforme de su equipo, alegando que se parecía al del Caracas, el más enconado rival del Deportivo Táchira y, además –según se transmitió en las redes sociales–,  para ejercer por la fuerza su derecho democrático de impedir un crimen de lesa masculinidad (¡!). No valió para nada la mediación de los directivos, tampoco la de algunos jugadores y ni tan siquiera la de la Guardia Nacional. A la postre, el evento fue suspendido gracias a estos fanáticos que andan sin reloj e ignoran que desde hace unas cuantas horas la utopía del macho violento no existe más.

De paso, qué dirían si supieran que el cáncer de mama también hace lo suyo en predios masculinos. Es que ya ni siquiera la naturaleza es como era antes, pensarán.

 

Harina de otro costal

Cierto, la oposición debe saber leer con sabiduría los resultados electorales. Pero también, y aún más, debe hacerlo el oficialismo. Éste llevó a cabo una campaña conforme a los cánones del mercadeo político utilizados para la venta de productos en cualquier economía. Uno se pregunta, entonces, cómo si el candidato Chávez fue vendido como un refresco sin azúcar (y que por eso no engorda), puede ahora, una vez elegido Presidente, decir que ha recibido el mandato de desarrollar hasta sus últimas consecuencias el llamado socialismo del siglo XXI, Estado Comunal incluido. En fin, da la impresión de que se quiere oír un mensaje que las máquinas de votación no dijeron.