• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

La economía ingrávida

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I.

La economía nacional venía pistoneando desde hace un rato. La caída de los precios petroleros puso en evidencia fallas más serias en el motor y puso de bulto (barajita repetida en nuestra historia) las limitaciones del modelo rentista, esta vez en versión bolivariana, esto es, incluidas las políticas oficiales inspiradas en el socialismo del siglo XXI, una quimera que se derritió en el mercado petrolero. Capear el temporal ha sido, por de pronto, la consigna. Sacar el paraguas para ver si al menos no nos mojamos mucho. Se dispone de un diagnóstico que fundamenta medidas que ya son, casi, de dominio general, pero el gobierno ha preferido optar por librar la guerra económica para tratar de lavarse la cara responsabilizando de lo que ocurre a la “derecha que intenta desestabilizar al país”. Ha convertido, pues, el problema económico en problema bélico y el grupo de recomendaciones sugerido ha quedado para lueguito, dependiendo de su costo político, recuérdese que tenemos elecciones este año. Mantener el poder es la prioridad, luego se verá qué se hace.

Así las cosas, el asunto de fondo, el del modelo rentista, pareciera que puede esperar, total, llevamos una eternidad pontificando mucho y haciendo poco. De hecho, la revolución bolivariana nos ha vuelto aún más dependientes del petróleo. Sembrarlo continúa siendo nuestra principal urgencia, pero en estos tiempos la siembra significa otra cosa y trae consigo otras exigencias. Me explico.

 

II.

La historia ha mostrado, desde siempre, la impronta que dejan las innovaciones científicas y tecnológicas en el molde que pauta la organización de las sociedades humanas. Resulta fácil para cualquiera mirar el impacto que han tenido, en la estructuración y desempeño sociales, la máquina de vapor o la electricidad, los carburantes fósiles o la energía nuclear. Pero lo que está ocurriendo, desde hace dos o tres décadas, es que esta influencia está cobrando significaciones y alcances inéditos (emerge un nuevo paradigma en torno a la nanotecnología), particularmente visibles, aunque no solo, claro, en el campo económico.

Diversos autores han sostenido que el conocimiento se ha convertido en el motor de la economía. Abundan los estudios, elaborados incluso desde diversas perspectivas políticas, que demuestran con claridad que los sectores basados en el conocimiento son los que muestran los mejores indicadores. Se está viviendo, así pues, la transición de las economías industriales a las economías fundadas en el saber, expresión útil para indicar que los modos de formación del valor están principalmente asociados a la generación y aplicación del conocimiento en sus diversas formas. Por eso el norteamericano Jeremy Rifkin habla de la “economía ingrávida”, subrayando el papel decisivo que actualmente juegan, en su funcionamiento, los “bienes intangibles”. Ciencia, tecnología e innovación expresan, pues, un código fundamental desde el que se escribe actualmente la actividad económica.

 

III.

Hoy en día la superación del rentismo petrolero supone, reitero, apremios distintos a los de antes. Hay, por así decirlo, otro manual de instrucciones que se traduce en demandas y énfasis que remiten a la manera como funciona la economía ingrávida. Un tema, este, del que hablamos demasiado poco, me parece.

 

Harina de otro costal

La semana pasada la Universidad Central de Venezuela organizó –iniciativa de su secretario, Amalio Belmonte– un acto para rendirles homenaje a los profesores Heinz Sonntag y Alfredo Chacón, figuras muy importantes de las ciencias sociales en Venezuela. Fue un acto amable y cálido, especie de paréntesis en el país áspero que ahora tenemos entre manos. Fue un justo agradecimiento a dos intelectuales de primera línea, cuya vida ha sido testimonio de que la universidad debe entenderse como un espacio libre y plural, o de lo contrario es, si acaso, un liceo militar con ciertas pretensiones.