• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

Es el diálogo, estúpido

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En este país la economía está vuelta trizas. El aparato productivo se encuentra en terapia, todo lo importamos. La caída de los precios del petróleo nos sorprende con los pantalones abajo y da envidia Arabia Saudita (por no decir Noruega), que se ocupó de llenar alcancía por si acaso. La microeconomía nuestra de cada día es calvario para todos. El gobierno presenta soluciones que nada tienen que ver con los problemas, puesto que la presunción ideológica sigue vivita y coleando y el lenguaje épico cree que todo es cuestión de decibeles. No se reconocen los errores y se persiste en las vías equivocadas, como si sirvieran para dar resultados distintos.

En este país la violencia es un elemento constitutivo del funcionamiento social. El Estado perdió el monopolio de las armas y se ha privatizado la seguridad. La anomia cala hondo en el tejido colectivo. El Estado de Derecho es casi un espejismo. La ley del más fuerte se cumple al pie de la letra. El sistema de arbitraje social hace agua por todos lados y la impunidad es hábito en nuestros mecanismos de administración de justicia. La militarización, se acentúa, y para muestra el botón de la recién creada Compañía Anónima Militar de Industrias Mineras, Petrolíferas y de Gas (Camimpeg). La democracia es, apenas, una sensación. Y la convivencia resulta cada vez más áspera.

En este país las universidades se han venido a menos. Muchos de nuestros mejores científicos y profesionales han preferido irse al exterior. Nuestras empresas no dan la talla desde el punto de vista tecnológico. La institucionalidad que respalda el desarrollo tecnocientífico es frágil e inoperante. La “sociedad del conocimiento” se ha vuelto un concepto casi esotérico, mientras el futuro amenaza con dejarnos en el pasado y el cacareado modelo posrentista suena a coba.

Cierto, en fin, que el inventario de problemas es mayor, que nuestra sociedad se encuentra mal casi que por donde se le mire. Todos lo sabemos, pero hay que repetirlo hasta al fastidio, no podemos permitir que los problemas se nos vuelvan normales y se trasmuten en inercia. Cómo enderezamos el país, ese es el asunto. No hay magia ni milagros que nos hagan la tarea. No vale rezarle a la Virgen de Coromoto para que repunte el mercado petrolero. Tampoco vale esperar que “ojalá pase algo, coño”.

El país tiene que reencontrarse con la política, sustituida durante largos años por el caudillismo y el barril petrolero volando encima de los cien dólares. De esta no salimos si no se abren diversos espacios para que tengan lugar las conversaciones necesarias y se den los entendimientos que marquen los nuevos rumbos convenidos a fin de superar el desmadre nacional.

Da pena tener que recordar lo obvio. Recordar, es parte del sentido común democrático, que la convivencia depende de tener disponible una estancia para el encuentro y el conflicto. Recordar que, como se ha dicho hasta la saciedad, la política trata del estar juntos los unos con los otros desde la diversidad y la pluralidad. Da pena recordarlo, digo, pero es necesario hacerlo, pues el olvido de lo obvio siempre deja saldos que se lamentan durante mucho tiempo.   .

 

Harina de otro costal

En el ranking de los recuerdos más felices de mi vida figura una noche de enero del año 1986, hace treinta años, cuando Los Tiburones de La Guaira ganaron su último campeonato. La final fue un triunfo sobre el Caracas, dos a cero, gracias a un jonrón de Pérez Tovar, antecesor remoto de Gregor Blanco en cuanto a elegancia y efectividad se refiere en la custodia del jardín central. El manager era el cubano José Martínez (¿o habrá sido Oswaldo Virgil?,) y el equipo estaba integrado por peloteros como Luis Salazar, Alfredo Pedrique, Argenis Salazar, el citado Pérez Tovar, Norman Carrasco, Juan Francisco Monasterios, Gustavo Polidor y otros cuantos, portadores todos del mismo ADN beisbolero, el de la guerrilla guaireña.

Allí también militaba Oswaldo Guillén, nombrado hace unos días manager del equipo. ¿Tendrá La Guaira en la próxima temporada una versión guerrillera a lo siglo XXI?