• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

El cupo universitario: apenas una curita (y justo donde no es)

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I.

Nadie puede, en su sano juicio democrático, oponerse a la equidad en la educación. Lo que ocurre es que, como en tantos otros casos, el gobierno traiciona un objetivo indiscutible con las motivaciones que parecen inspirarlo y la manera como trata de alcanzarlo. Prueba evidente de lo anterior han sido las medidas tomadas recientemente por la Oficina de Planificación del Sector Universitario, OPSU, con relación al ingreso de estudiantes a las universidades públicas y autónomas.

En nombre de la equidad este organismo cambió, para peor, el sistema de criterios establecidos para entrar a cursar estudios de nivel superior, disminuyó el porcentaje que le correspondía a la prueba interna de las propias universidades y admitió más aspirantes que los previstos. Al hacerlo, dicen los abogados, se brincó a la torera la Constitución Nacional, La Ley de Universidades y los acuerdos suscritos con las universidades en el año 2008.

Pero, más allá de eso, lo más grave es que ignoró la crisis de un sistema educativo que gradúa un porcentaje alarmante de bachilleres muy mal preparados (son varios los estudios que lo comprueban con pelos y señales) y olvidó, así mismo, la situación de las propias universidades que deben recibirlos, envueltas en una severa crisis, no solo, pero sí principalmente, debido a las erróneas políticas gubernamentales puestas de manifiesto, entre otros varios aspectos, en un presupuesto deficitario que les da para funcionar escasamente a un cuarto de máquina.

 

II.

En este contexto, al creer que la igualdad de oportunidades es cuestión de bajar el nivel de los requisitos, la OPSU optó por una simpleza demagógica que perjudica, sobre todo, a quienes pretende beneficiar. En otras palabras, distorsiona el concepto de equidad y tergiversa, de nuevo, el pensamiento político inspirado en la izquierda actual.

Adicionalmente, el ministro Rodríguez adujo que al poner el asunto en manos de la OPSU, es decir, del Estado, se eliminaba el inmoral tráfico de cupos (las mujeres intercambiaban sexo por ingreso, llegó a señalar, sin siquiera pestañear, la fiscal general) y se garantizaba el imperio de la honestidad y la transparencia, todo esto dicho como si uno no supiera que la corrupción es moneda de uso corriente en las gestiones oficiales.

Necesario es advertir, por otro lado, que estas medidas achican todavía más la autonomía universitaria, esa cosa tan molestosa para nuestros actuales gobernantes, partidarios de instituciones fieles y bonachonas que hagan del oficialismo una religión y no caigan, por ejemplo, en la tentación académica de hacer estudios que desnuden los cálculos del INE. Otra vez el afán de control en nombre del autoritarismo amoroso (siempre es ejercido en nuestro bien) que ha regido, casi desde sus inicios, la temporada chavista.

 

III.

Con las reglas aprobadas por la OPSU el país no da un “salto histórico”, según lo expresó el presidente Maduro. En efecto, no parece esta una buena idea para el país en tiempos en los que el conocimiento –su generación, difusión y utilización– es un factor determinante en la constitución y desempeño de las sociedades. Masificar la educación universitaria de cualquier manera revela un diagnóstico equivocado de los problemas y un plan desacertado para encararlos. En vez de una intervención quirúrgica sofisticada, equivale apenas a una curita, colocada, además, donde no es. Da una sensación de alivio, pero empeora.

Ha escrito Perogrullo que la lidia con estos temas no es cuestión de matrículas abultadas trazadas en números y grafiquitos que encandilen. Es cuestión de la calidad en la formación bajo la seria interpretación del precepto de la igualdad de oportunidades. En fin, no parece que estemos empezando a recorrer el siglo XXI intelectualmente bien equipados.

 

Harina de otro costal

Le informo, estimado lector, que si usted aprieta la teclas correspondientes (http://goo.gl/3hKkQD) se encontrará con el primero de cuatro volúmenes, de un conjunto de ensayos cobijados bajo el título “Tecnociencia, deporte y sociedad: ¿victorias de laboratorio?”, una publicación de cuyo equipo editor formo parte (perdone la cuña), junto con Luis Germán Rodríguez e Iván de la Vega.

Se pretende, en estos textos, indagar sobre el impacto de las innovaciones tecnológicas en la actividad deportiva (la vestimenta, la elaboración de instrumentos y materiales, el entrenamiento, la nutrición y la salud del atleta, las estrategias para competir, el arbitraje de los eventos, el mejoramiento de estadios y canchas, las condiciones del espectador, la evaluación del desempeño de los jugadores y la intervención sobre el propio cuerpo humano a fin elevar sus potencialidades), y examinar, igualmente, las consecuencias económicas, políticas, jurídicas, éticas que emergen de los cambios en el plano tecnológico.

En total se trata de (por ahora) diez ensayos, que irán apareciendo cada mes, escritos por varios autores hispanoamericanos, que se asoman a lo que será el deporte en un futuro que pareciera estar a la vuelta de la esquina.

¿Las medallas serán obtenidas en los centros de investigación? Es una pregunta que recorre, de manera distinta, el contenido de los trabajos presentados.