• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

Un congreso para el olvido

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I.
El III Congreso del PSUV, inaugurado hace unos días, fue un evento cuidadosamente organizado para que pareciera democrático pero cuidadosamente diseñado para que no lo fuera. Los delegados asistentes fueren elegidos a conveniencia de los que mandan. La disidencia interna apenas abrió la boca, la participación de las bases se disolvió en simulacro y sus propuestas se ahogaron en listas inmanejables puestas en manos de burócratas.  

II.
El Congreso fue la ratificación de  Hugo Chávez como Comandante Eterno.  La prueba de que el culto a la personalidad –tatuaje gratis incluido en sus feligreses– sobrevive a su muerte y no está reñido para nada con la particular concepción de democracia que pregona el PSUV. Fue la constatación de que su legado es una papa caliente difícil de manejar y que  empieza a ser un estorbo, aunque por ahora no se discuta y sea imprescindible a fin de acreditar el uso de la franquicia chavista. Fue, asimismo, el alarde  de un gobierno presumido que tiene mucha mejor imagen de sí mismo que la que en justicia le corresponde. La reiteración hueca de la lucha contra la corrupción y la inseguridad.  La referencia a un país paralelo que poco tiene que ver con el país precario que ahora tenemos, el de carne y hueso, el de la vida diaria de cada venezolano de a pie. La exclusión de los que piensan distinto, invocando la superioridad de la moral revolucionaria, motivo suficiente para dividir al país en dos mitades, la de nosotros y la de los otros. El  imperdonable olvido del diálogo de todos con todos. La negación de las verdades provenientes de la realidad, siempre amortiguadas por explicaciones que no explican, por la identificación de responsables que no lo son y por un relato sobre el país que disimula y versiona cifras y circunstancias. La denuncia casi ridícula de algo tan serio como el imperialismo, culpándolo de todos nuestros desacomodos, hasta los que tienen que ver con la incapacidad gubernamental para llevar a cabo eso que en beisbol llaman las jugadas de rutina, por ejemplo, garantizar que estén las medicinas para los pacientes de cáncer.

III.
En lo que se refiere al país y para los efectos de la vida de la gente, el III Congreso careció, pues, de significado. Fue un acto que pudo no haberse realizado, que no dejó consecuencias distintas de las vinculadas con las agallas de quienes se disputan el poder en el seno del oficialismo. Fue el escenario de un viejo cuento ya conocido, narrado igual que siempre desde ideas que están vencidas, sin cambiar una sola coma. Fue un acto que por desgracia no hizo balances ni sacó cuentas y desestimó la opinión de la mayor parte de la gente, convencida de que el país está mal y va hacia peor. Fue una obra de teatro que buscó dejar la sensación de que lo que los venezolanos creen que pasa, en verdad no pasa, como si el país disfrutara de un exceso de normalidad. Fue, en suma, un acto irresponsable para con un país enredado en medio de problemas muy gruesos.

Harina de otro costal

China vive en un sistema capitalista bajo el cuidado del Partido Comunista, un híbrido ingenioso, qué duda cabe. Hoy en día juega a ser  potencia económica, con bastante éxito, hay que decirlo. Empieza a tutearse con Estados Unidos. Su cancha ya es buena parte del planeta y como suele pasar con todo país grande, se le ven colmillos imperialistas.

Hace poquitos días, recibimos la visita de su presidente Xi Jinping. A uno le parece que el mandatario asiático vino en plan de darle auxilio a un país que se encuentra en serias dificultades, a decir por las mismas estadísticas oficiales. Algunos malpensados creen que vino a poner orden en la economía venezolana, como un FMI cualquiera. Firmó acuerdos a diestra y siniestra, no hubo sector estratégico en el que no estampara su rúbrica, empezando por el petrolero, con la vista puesta en Citgo, dicen.  Acuerdos, por cierto, cuya letra chiquita nadie conoce y por tanto desata suspicacias –es inevitable la sensación de que ventajas y beneficios se inclinan mucho más hacia China–,  aunque el canciller Jaua haya declarado que “estamos relacionados en términos de igualdad con una de las economías más crecientes del mundo”. Además se acordó un amplio financiamiento, que según declaró el presidente Maduro  “no le pone a nuestra patria una deuda pesada”,  frase que si bien no se entiende bien, algo tranquiliza  pues, como se sabe, los compromisos con los asiáticos hace rato superan a nuestras reservas internacionales.

Xi Jinping negoció con Venezuela en códigos capitalistas, no faltaba más, aún cuando el gobierno venezolano persiste en  afirmar que China es compañero en la ruta hacia el Socialismo del Siglo XXI y enemigo del imperialismo norteamericano, sin importar, de paso, que muchas de las grandes empresas gringas se encuentren felizmente radicadas en el infinito territorio chino, prueba de que el discurso de nuestro gobierno da para todo.  Es la ventaja, piensa uno, de ir siempre esquivando la terca realidad creyendo que  las cosas no son como son, sino se dicen que son. Hasta que los hechos se rebelen, claro.