• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

El chavismo sin Chávez y sin (tanto) petróleo

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I.

Lo cierto es que, desde hace un buen rato, el país está complicado. La realidad lo acosa por todos lados, aunque el gobierno trate de desmentirla con su relato revolucionario. Pero, como es sabido, la ideología no esconde la falta de medicinas ni de pañales, por no hablar de la inflación. Para colmo de males, el mercado petrolero vuelve a hacer de las suyas. Históricamente siempre ha sido así. Por razones geopolíticas, tecnológicas o económicas los precios suben y bajan cada cierto tiempo. Así, después de haber estado, durante alrededor de una década, arriba de los 100 dólares, ahora han bajado a casi a la mitad, y lo peor es que no hay repunte a la vista.

 

II.

La lluvia sorprende a Venezuela sin paraguas. El país se engolosinó con los altos precios y no previó en su agenda la llegada de la época de las vacas flacas. No solamente no ahorró, sino que se endeudó y encima no invirtió. Es que no somos noruegos, parece que dijo un alto funcionario. La Venezuela potencia apenas llegó a eslogan, tuvo lugar un proceso severo de desindustrialización y las importaciones aumentaron como nunca, al paso de que los logros sociales parecieran en peligro, sin bases sólidas para resistir lo que se nos viene encima. La suerte del petróleo sigue, como nunca antes, marcando nuestro destino.

El barril petrolero ha mostrado aún más las costuras del gobierno de estos últimos 15 años. El relato presumido, el de la épica revolucionaria, se ha vuelto más difícil de tragar, pues, como se sabe, los hechos son tercos como mula. El detergente ideológico no sirve para lavar los errores cometidos y no alcanza, tampoco, para transferir la responsabilidad de la crisis al pasado prechavista, a la derecha nacional en sus múltiples versiones o al tenaz imperialismo. En suma, luego de tanto tiempo, tanto discurso ampuloso y tantos dólares, no tenemos el país que pudo ser, el que se esbozó en la esperanza de muchos venezolanos al finalizar el siglo pasado.

Cuánto más tendrá que decir la realidad, se pregunta cualquiera, para que se desanden los caminos que se pretenden seguir transitando.

 

III.

Por lo que llevamos visto, el chavismo sin Chávez y sin (tanto) petróleo no luce capaz de repensarse. Mediante el culto a la personalidad ha seguido abrevando políticamente en la figura del máximo líder, ha asumido el Plan de la Patria como palabra santa y no ha tenido el valor ni la agudeza para cuestionar su legado, puesto de manifiesto en la propuesta inapelable de un modelo de desarrollo y una manera de hacer las cosas que tienen visos de calle ciega. Por si fuera poco lo señalado, el oficialismo ha derivado en la formación de grupos internos que se disputan la marca chavista y luchan disimuladamente por el poder, tratando de que las agallas aparenten posiciones políticas.

Lamentablemente, los únicos atisbos de cambio son más bien pañitos calientes, nada que vaya al fondo de las cosas, mientras, eso sí, se refuerza el autoritarismo conforme lo indican ciertos hechos recientes, entre ellos la forma como se escogieron importantes cargos públicos y, por decir solo algo más, ciertas medidas de vigilancia gubernamental que aprietan cada vez más al ciudadano.

Mirando al otro lado de la calle, cabe observar que la oposición tampoco ha podido repensarse de cara a las nuevas circunstancias. Al parecer, la disputa por el liderazgo –de nuevo las agallas como factor de la política criolla– no le dejan tiempo para ocuparse de las cosas que más importan.

 

IV.                                                                                                       

Según las encuestas, crece notablemente el número de los descreídos desde el punto de vista político, el de los inconformes, tanto con unos como con otros, sin que aparezca a la vista ninguna otra opción. Uno tiene la sensación de brújula perdida. No es buena cosa.

 

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Los Tiburones de La Guaira clasificaron para el round robin. ¡Una noticia buena demasiado!