• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

El chamito de 14 años

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I.

El gobierno se hizo de un relato sobre sí mismo, redactado por un hechicero de las palabras y repetido, a lo largo de los años, por militantes políticos que se comportan como feligreses. Un relato engreído que hablaba de cosas espectaculares, pero que se ha ido quedando corto, muy corto, respecto a las demandas de transformación de la realidad nacional. Un relato que, en lo que atañe al socialismo, confundió el siglo XXI con el siglo XX y, si a ver vamos, hasta con el siglo XIX.En fin, un relato que terminó mostrando que la revolución ha sido, para infinidad de efectos prácticos, pura bulla ideológica, una mueca a la esperanza que despertó en tanta gente.

Así las cosas, desde hace rato al chavismo solo le ha quedado el afán de mantener el poder a como dé lugar. No debe extrañar, entonces, que su principal tarea esté siendo la de ir afinando el menú autoritario y represivo, valga la redundancia, a fin de contener la queja social y responder a los inquietantes mensajes que provienen de las encuestas. Tal pareciera ser la respuesta más a la mano de cara a los desacomodos profundos que dibujan hoy en día la crisis de nuestra sociedad.

 

II.

En este país, que no es el del relato oficial, la violencia no es un incómodo episodio, una rareza que ensucia la normalidad de nuestra vida colectiva. Los datos son terminantes y nos los sabemos de memoria, pero, por si caso, la vida de cada día se encarga de darnos pruebas numerosas y diversas de que, entre nosotros, la violencia es un estado de cosas.

La falta de un régimen de derecho y la existencia de instituciones muy venidas a menos, que inventan, reinterpretan y cambian reglas, sometidas, como están, al dictamen superior de la “moral revolucionaria”, no solo le dan aire a la corrupción y la arbitrariedad, sino también a la violencia en sus muy diversas expresiones, volviéndola un rasgo relevante, casi constitutivo, de la manera como actuamos y nos relacionamos. Es ella, en buena medida, la respuesta que se genera en una sociedad que luce salida de cauce, cuyo desempeño se encuentra marcado por la anomia, generada, en buena medida, por el propio gobierno.

 

III.

Hace unos días murió asesinado (¿habrá sabido por qué?) un chamito de 14 años.  Murió durante una manifestación estudiantil, a manos de un policía, apenas un poquito menos joven que él, quien le disparó a quema ropa. El presidente Maduro declaró que pertenecía a “una secta de derecha”, quién sabe si a título de explicación o de justificación. ¿Habrá que decir que, en cualquiera de los dos casos, se trata de una opinión peligrosamente evasiva?

Lo ocurrido en el Táchira no solo entristece, sino que asusta. Hace mal la ministra Meléndez al afirmar que se trata de un hecho aislado y que como tal se cierra con el castigo al presunto culpable. Creo que de esta manera le quita gravedad a lo ocurrido. Le quita la dimensión de tragedia. Le quita el significado que tiene como diagnóstico de lo que es actualmente el país. Ignora, así pues, una situación de la que será muy difícil devolverse y, lo peor, no repara en la necesidad urgente de encarar las causas de fondo que nos han llevado a la muerte de este chamito de 14 años en las circunstancias en las que la misma se produjo. En suma, pasa por alto las limitaciones del modelo político que nos ha traído hasta acá.