• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

La canaimita, un espejismo

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I.

El comienzo de clases, hace unos  días, fue convertido por el gobierno en un evento patriótico-ideológico, con visos electorales, enmarcado en el culto a la personalidad del fallecido presidente Chávez. Un evento atado profundamente a su recuerdo, como para que no hubiese duda de que él es un dato esencial de la educación venezolana en estos tiempos, fundamental a la hora de contarnos nuestra historia desde Colón para acá. Así que, es de suponerse, los niños y jóvenes venezolanos no saldrán al terminar la escuela buenos ciudadanos, sino buenos chavistas, como si al final de cuentas fuera más o menos lo mismo. ¿Habrá algo más distante, se pregunta uno mientras tanto, a los valores que se deben impartir en la escuela (libertad de creencias y de pensamiento, digámoslo así para condensar cosas harto sabidas) que lo que, vía intravenosa, se le procura transmitir a los alumnos con la veneración al comandante eterno?

II.

Lo anterior no debe causarnos asombro, desde luego. Hoy en día la devoción por el líder bolivariano es el primer deber de la feligresía agrupada en el PSUV y el plan de la patria es santa palabra, aunque nos haya traído hasta los lodos que ahora nos ahogan. Dicho sea de paso, resulta difícil entender cómo estas cosas congenian con la prédica de la democracia participativa (y protagónica) con la que la revolución bolivariana nos ha fantaseado durante más de tres quinquenios. Fuera del pensamiento de Chávez nada, dentro todo, pareciera ser, en suma, este mensaje evangélico tan poco democrático.

El escritor mexicano José de la Colina narra –es una historia que referí en estas mismas páginas hace un buen tiempo– que en la Unión Soviética, en tiempos de Stalin, se hizo un concurso para premiar al escultor que hiciese la mejor estatua en honor del gran poeta Puschkin. Se presentaron varios modelos en arcilla: Puschkin tocando un arpa, Pushkin niño oyendo los cuentos de su nana, Puschkin, pluma de ganso en mano, escribiendo un poema, Puschkin besado por la Musa, Puschkin levantándose indemne del suelo tras ser muerto en un duelo, etcétera. Después de inteligentes, si bien breves, deliberaciones de los jueces del concurso, se decidió por unanimidad que la mejor estatua era la de Stalin leyendo un libro de Puschkin.

Asusta que el texto anterior pueda resultarnos hoy en día tan familiar a los venezolanos.

III.

El gobierno, ocupado (y enredado, me parece) en su propio discurso patriótico-ideológico soslaya la preocupante realidad de la educación nacional, tanto en la primaria como en la secundaria. Esta ha sido retratada en estudios serios (por ejemplo el que hicieron la UCV, la USB y la UCAB), encargados de desmontar las cifras oficiales, esas que tienen el hábito de pintarnos todo color de rosa. Las noticias que nos dan los investigadores no son nada buenas para el país ni lo serán para los chamos cuando dejen de ser chamos. No olvidemos, en este sentido, que la sociedad contemporánea viene dibujada como sociedad del conocimiento y que por estos tiempos la materia prima es la materia gris.

Así las cosas, el gobierno se ufana de repartir canaimitas por aquí y por allá, como queriendo darse un toque de modernidad pedagógica. Se han distribuido unos cuantos miles, afirman las autoridades. Cada niño con su computadora, magnífico, desde luego, pero en el contexto de la actual educación nacional –politizada y de mala calidad– cómo no pensar que se pierde gran parte de su utilidad. Cómo no pensar que se vuelve ficción, mientras el futuro se deshace en espejismo. Cómo no pensar, en fin, que es poco probable que sirvan para entrar al siglo XXI y entender los códigos intelectuales que lo gobiernan.

Harina de otro costal

Falleció la semana pasada, a los noventa años de edad. Lo hizo justo el mismo día en que el papa Francisco pisaba suelo americano y proseguía su labor de sacudir al planeta. Fue un gran beisbolista, Salón de la Fama incluido, aunque nunca jugó para Los Tiburones de La Guaira (claro, la vida nunca es perfecta). Amigo de decir frases entre ingeniosas y disparatadas, sentenció para siempre que “el juego no se acaba hasta que se acaba”.

Se llamaba Yogi Berra, catcher histórico de los Yanquis de Nueva York. Fue un tipo muy simpático que no se murió hasta que se murió.