• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

El bocazas de Lousiville

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I.

No puedo afirmar que sea un entendido, ni nada que se le parezca. Menos todavía un apasionado, al modo como lo soy del fútbol o del beisbol. Tengo, apenas, la cultura básica requerida para entender sus claves y una modesta afición que fue declinando, hoy en día casi inexistente, siempre llena de remordimientos que me decían que es un deporte que no debiera serlo, porque, larvada o abruptamente, acababa, casi por norma, en tragedia: rostros desfigurados, cerebros descoordinados, lenguas de trapo. Un deporte que se me asomaba como metáfora del canibalismo, un acto de barbarie socialmente aceptado.

 

II.

No obstante lo anterior (no sé si usted ha oído que el ser humano es contradictorio) he querido recordarlo en estas líneas, tras su muerte la semana pasada. Decidí desempolvar un escrito mío de hace tiempo y recordarlo como el mejor boxeador de su época, quién sabe si de todas las épocas, el que hizo del pugilismo, no obstante su naturaleza, un espectáculo apto para todo público, incluso para señoras y tipos remilgosos y con sentimiento de culpa como yo. En los años setenta nadie, fuese o no dado al pugilismo, pudo dejar de encender la televisión para ver cómo una mole de más de cien kilos flotaba como mariposa y parecía pegar como si acariciara. Ni, tampoco, dejar de verlo fungir de psicólogo hecho en casa, gritando sus profecías intimidantes, vaticinando el round en el que caería el rival. Menos aún, dejar de escuchar sus opiniones políticas, sus ideas respecto a la sociedad blanca que, al paso que lo excluía, pues quién lo mandó a tener la piel oscura, el pelo ensortijado y la nariz chata, pretendía mandarlo al frente de guerra para defender el honor norteamericano, mientras él rehusaba preguntando qué diablos era lo que le habían hecho a él los vietnamitas. En fin, nadie pudo ignorar, compartiéndolos o no, los argumentos que lo convirtieron en musulmán y, a su estilo, en un predicador muy visible de los derechos civiles.

 

III.

Creo haberle visto todas sus peleas, desde cuando llevaba a cuestas el nombre de Cassius Clay, heredado de sus antepasados esclavos. Más que verlas, las vivía como si yo mismo estuviese montado sobre el ring, asustado frente a las manazas Sonny Liston, adolorido como si a mí también me hubiesen fracturado la mandíbula cuando la pelea con Norton o tirado a la lona en la de Frazier o en la del británico Brian London. Llegué, pues, a sentir pavor por los boxeadores que, como esos tres, tenían buen gancho de izquierda. Me dolió, no sabe usted cuánto, esa mandarria de Foreman golpeando sus costillas y riñones, durante el combate de Zaire, que terminó con su victoria, sufrida y angustiosa, en el octavo round. Volvió a ser campeón mundial.

“El Príncipe del Cielo”, solía llamarlo Norman Mailer, quien fue capaz de escribir un libro de más de trescientas páginas únicamente sobre su refriega con Foreman. ¿O más bien fue Alí, me pregunto, el que fue capaz de dar una exhibición que solo pudo caber en tantas páginas?

 

IV.

Lamenté verle disminuido por el mal de Parkinson. Verlo durante sus tres últimas décadas de vida con el rostro abotagado por las medicinas, la mirada que no miraba nada, sus movimientos torpes, las manos condenadas a temblar y, sobre todo, su balbuceo frente a los periodistas, él que fue conocido como el Bocazas de Louisville.

Murió Muhammad Alí, el gran boxeador, uno de los mejores de todos los tiempos. Pero, también, el reflejo incómodo del país en el que le tocó vivir, bastante distinto al que ahora tiene a un afroamericano en la Casa Blanca. Su nombre quedará guardado en la historia. Pero no solo por lo que hizo el ring.