• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

¿Se acuerda de Mónica Lewinsky?

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 I.

Cuando apenas tenía 22 años, cometió el error de enamorarse de su jefe, nada menos que el presidente de Estados Unidos. Resulta muy fácil imaginar el escándalo ocasionado (sexo y política, ¡uf!) e, igualmente, suponer que fue ella la que llevó la peor parte, pues, al final de cuentas, Bill Clinton conservó su puesto en la Casa Blanca y, según indican las encuestas de la época, hasta subió su popularidad. A ella, en cambio, la vida se le hizo pesadilla.

Dos décadas después Mónica Lewinsky reapareció. Ahora es una mujer de 41 años y acaba de dar una conferencia (http://www.ted.com/talks/monica_lewinsky_the_price_of_shame), en la que cuenta su calvario con sinceridad y, sobre todo, con inteligencia, sensibilidad y elocuencia.

 “Yo fui el Paciente Cero que perdió su reputación personal en escala global casi instantáneamente”, dijo en su charla. “Este escándalo fue posible debido a la revolución digital. Se me etiquetó como zorra, mujerzuela, puta, tetas con patas, y por supuesto como ‘esa mujer”, afirmó. Contó, así mismo, cómo durante este tiempo vivió casi en la clandestinidad, “caminando a hurtadillas” por el mundo, debido a su pasado…”, considerando siempre que el suicidio podía ser una opción.

 

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II.

Con ella, el acoso cibernético (cyberbullying) se graduó como perversión universal. Cosas (oscuras) de la llamada sociedad en red: cualquiera puede actuar y disparar a mansalva, bajo el anonimato. Se ha implantado la cultura de la humillación, advierte el psicólogo Nicolaus Mills. Todos vivimos bajo la amenaza de ser deshonrados de forma fácil e instantánea. Hoy en día a cualquiera le pueden robar las palabras y su imagen y hacerlas públicas. Pareciera haber quedado abolido el derecho a la privacidad, mientras la reputación personal se vuelve un bien quebradizo. Es el derecho a la libertad de expresión empleado para poder  humillar e intimidar. Cualquiera es juez, cualquiera es periodista.

Por si fuera poco, la humillación se hizo industria y el chisme mercancía. “A mayor vergüenza, más clicks. A más clicks, más dólares de publicidad”, señaló Mónica Lewinsky.

 

III.

El propósito central de la política, ha dicho el filósofo Avishai Margalit, es combatir la humillación. Humillación significa, en última instancia, degradación, desprecio, no-reconocimiento, en suma, exclusión de la comunidad humana. Forma parte, según este autor, del diagnóstico de nuestros tiempos. Hay, pues, concluye, que fundar una sociedad decente donde las instituciones y las prácticas no humillen a nadie. La utopía de la decencia es ganar, para todos, trato de humanidad.

El desarrollo tecno-científico –y, desde luego, no me refiero solo a lo que ha significado Internet– parece retar con nuevos y complejos desafíos la construcción de esa utopía.

 

Harina de otro costal

El gobierno ha encarado una guerra novelesca con el imperialismo norteamericano. Sabe con certeza que en este específico caso no habrá balas de por medio, ni tampoco ninguna desagradable medida comercial con cara de embargo, ni nada parecido, y, por tanto, se ha dedicado a discursear, a recoger firmas, a efectuar algunos movimientos con la milicia, en fin, nada que revele que la cosa va en serio.

Mientras tanto, la realidad ha continuado haciendo de las suyas. Para no hacer largo un cuento conocido (y padecido) por todos, baste recordar que sigue sin haber papel tualé, un detalle tal vez menor, pero que revela una falla estructural de la economía. Esto por no decir cosas más rudas: por ejemplo, que la pequeña Guyana, de la mano de la Exxon Mobil, nos ladra e intenta morder parte del territorio nacional, y así muchas otras que siguen pasando y revelan, sin exagerar, un país descosido en varios de sus planos esenciales.

En fin, nuestro gobierno no gobierna. Más bien trata de dar espectáculo, siempre con las encuestas entre ceja y ceja. Ya se sabe: desde hace rato no tiene otra razón para gobernar que la de mantenerse gobernando.