• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

Turismo nuclear

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I.

Por mero azar (aunque el azar no existe, dicen), cayó en mis manos este libro, escrito en 1997, creo, y publicado en español el año pasado. Su autora es la periodista Svetlana Alexievich, ganadora del Premio Nobel de Literatura, reconocimiento que, dicen los entendidos, reivindicó al periodismo narrativo, también llamado periodismo literario, para disgusto de ciertos escritores que entienden que el arte de lidiar con novelas y cuentos se da en el plano de la ficción. Narra allí la historia de Liudmila Ignatenko, viuda de un bombero que figuró entre las primeras víctimas de la explosión del reactor número 4 de la planta nuclear de Chernóbil que tuvo ligarla noche del 26 de abril de 1986, explosión que, para podamos tener una idea de su magnitud, fue equivalente a la de mil bombas atómicas como la de Hiroshima,

En sus casi cuatrocientas páginas Alexievich deja registrados diez años de trabajo, dedicados a escuchar a los sobrevivientes. “Voces de Chernóbil” expresa la tragedia ocurrida, mirada desde la vida de las personas a quienes les tocó estar en el lugar, relatada a través de su pluma sensible e inteligente, capaz de traducir las radiaciones en dolor, desesperanza, desconcierto, tristeza, asombro, desamparo. Capaz, así mismo, de llevarnos a una reflexión muy honda sobre la manera como los terrícolas estamos en el planeta. En efecto, es un relato conmovedor que, constituye, dice el escritor mexicano Jesús Silva Herzog, una terrible metáfora de nuestro tiempo, el tiempo del miedo, una cruel venganza de la naturaleza que logra esconderse para matar a la criatura soberbia que somos.

Señala el mismo Silva Herzog que en una conferencia relativamente reciente sobre la literatura y la catástrofe, Alexiévich recordaba que en los días posteriores a la explosión, las abejas desaparecieron de Chernóbil. Huyeron. Las lombrices se sumergieron a las profundidades de la tierra. Las criaturas más sencillas entendían que algo estaba muy mal. Los humanos siguieron con su vida, como si nada. Nosotros, indicaba, continuamos con nuestros hábitos: veíamos la televisión, escuchábamos a Gorbachov, veíamos el partido de fútbol.

Quién debe extrañarse, entonces, de que hace unos años la zona sellada alrededor de Chernóbil fuera considerada zona turística. Me explico, para que no quede duda de lo que digo: considerada un lugar para visitar y sacarse una fotico, como prueba de que se estuvo allí. Turismo nuclear, pues. No se permite estar en el sitio más de diez minutos (las radiaciones son casi eternas), pero ese rato es suficiente para sentir la intensa experiencia que significa encontrarse en donde pasó lo que pasó. En suma, un coctel de curiosidad histórica e importantes cantidades de morbo difícil de entender para quien se haya leído el relato de Alexiévich.

II.

Crónica del futuro es el subtítulo del libro de la escritora bielorusa. Su manera, me parece, de decirnos que la catástrofe de Chernóbil no sería la última calamidad nuclear (favor recordar Fukushima). De decirnos, sobre todo, que la especie humana seguirá coqueteando con la energía nuclear, considerando, por ejemplo, que puede ser la solución al cambio climático porque no emite gases de efecto invernadero. Y mejor no hablemos de la hipocresía política con la que se trata el tema de las armas nucleares porque, entonces, la sensación de estupidez se vuelve insoportable.

 

Harina de otro costal

El FBI nos hizo el favor (es una de las pocas cosas que cabe agradecerle) de comprobar que la FIFA es una organización con cara de inocente ONG, pero con comportamiento de multinacional mafiosa, no sé si exagero al decirlo, aunque en verdad apenas me limito a repetir lo señalado por quienes se han dedicado a investigarla. Nos hizo el favor, reitero, porque gracias a ella se provocó una crisis que ha culminado con la elección, la semana pasada, de un nuevo presidente y una agenda de cambios que pueda devolverle la credibilidad que alguna vez tuvo, la cual tiene que ver, fundamentalmente, con la democratización en su organización, incluida la transparencia en cuanto al manejo de sus ingentes recursos se refiere.

La FIFA nombró, pues, a su nuevo jefe. Se trata del suizo Gianni Infantino, un cuarentón –hecho insólito en el medio deportivo, gobernado en casi todas las disciplinas en clave gerontocracia– que se desempeñaba como secretario de la UEFA, hombre muy cercano a Michael Platini y nacido en la misma localidad suiza de Joseph Blatter. Es, pues, un hombre proveniente del corazón del “establishment” del balompié, lo que no es precisamente el requisito que uno querría ver en alguien que asume el cargo con la encomienda de realizar transformaciones radicales, contrarias, como es obvio suponer, a los poderosos intereses que han distorsionado el fútbol, de acuerdo con las informaciones suministradas por FBI y que actualmente se encuentran procesando los tribunales estadounidenses.

Hay, sin embargo, que darle el beneficio de la duda y abrigar la esperanza de que saldrá bien librado de la tarea dura y difícil que se ha colocado sobre sus espaldas. Tendrá, pues, hasta el año 2019 para demostrar que representó, efectivamente, el inicio de una nueva época para el deporte más importante del mundo. Ojalá alguien pueda escribir dentro de tres años que Infantino nos dejó un fútbol mejor gobernado, sobre todo más decente.

A todas éstas, qué ocurrirá con nuestra conservadora Federación Venezolana de Fútbol. Algunos piensan que tratará de cambiar, pero sin cambiar. Gatopardismo del puro, pues.