• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

TVes en tiempos de WV

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I.

En nuestro país la televisión ha sido siempre un problema duro de roer. En tiempos que hoy parecen remotos hubo discusiones importantes acera de sus contenidos y su influencia en la sociedad. Hubo críticas (y protestas) de la incipiente sociedad civil, argumentando la necesidad de transformar muchos de sus programas. Se publicaron libros de autores como Antonio Pasquali y Marta Colomina que reivindicaban el interés público de los medios de comunicación, aún cuando estuvieran en manos privadas. Hubo, en fin, muchas iniciativas, incontables promesas y hasta cambios legales, pero, en general, las cosas quedaron más o menos igual, aunque no sé si soy injusto por mi mala memoria.

En los tiempos chavistas la televisión, y en general los medios, han sido, también, un asunto relevante pero por motivos distintos. En su afán de que se ordenen de acuerdo a los afanes revolucionarios, durante estos quince años se han tomado medidas que, vistas en su conjunto, tienen como norte a ejercer el mayor control posible sobre ellos, a fin de conseguir eso que, con más elegancia teórica, se denomina hegemonía comunicacional.


II.

En el año 2007 se creó la Televisora Venezolana Social (TVes), un canal estatal que pasó a ocupar el espacio que tenía en la pantalla nacional Radio Caracas Televisión. Hace unos cuantos meses fue nombrado presidente Winston Vallenila, persona inteligente que, casi por herencia, debe tener bien sabido el oficio de la televisión, y quien se ha tomado la tarea de darle un giro a la planta televisora a fin de sacarla del rinconcito de la audiencia en donde la encontró. Para decirlo en pocas palabras, ahora el canal muestra una programación en la que coexiste pacíficamente Con el mazo dando junto a una programación en la que figuran telenovelas de amor, comiquitas y programas de variedades que incluyen la exhibición de trajes de baño y sesiones de astrología (da curiosidad saber que pensara Jagua al respecto).

La actual TVes no llega, desde luego, a ser un modelo alternativo de televisión. Pero sin duda es un canal más variado y ameno, comparado con su casi clandestina versión anterior. No atosiga desde el punto de vista político y si bien no esconde el tono doctrinario al que obliga la revolución, se permite un toque de liviandad que se agradece mucho en este país gobernado por gente tan intensa, siempre librando batallas heroicas frente a casi cualquier evento.


Harina de otro costal

Hace unos días el presidente Maduro le informó sobre las medidas que adoptará de cara a la situación del país. Habló mucho, pero no dijo casi nada. Sus anuncios habían creado la expectativa de un jonrón y terminaron siendo un flycito al cuadro.

En su intervención hizo caso omiso de la realidad. Sus avisos se salieron por la tangente y mientras los hechos decían una cosa, el se refería a otras. Así, desdobló la revolución en cinco revoluciones, hizo cambios en la estructura de gobierno, reubicó a sus ministros y hablo de esa idea tramposa del aparato comunal, todo bajo la creencia de que lo que hace falta es más Estado que el que hemos padecido a lo largo de quince años, el mismo que controla cada vez más y estorba y descompone cada vez más. Pero, sobre todo, quiso dejar en claro que se gobierna bajo al patrocinio de Chávez, marca registrada, y que él es el titular de la franquicia.

En fin, el país seguirá avanzando por donde va, no se reconoce ninguna razón para cambiar, ni importa que a lo largo del camino haya avisos de Peligro, Barranco. Uno siente que, como diría Mafalda, lo peor del empeoramiento es que empieza a empeorar. Y piensa, así mismo, que el gobierno ha pasado de la épica al delirio, mientras la realidad aguarda, por ahora agazapada.