• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

Un tal Sonntag

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El domingo antepasado murió el profesor Heinz Rudolf Sonntag, de nacionalidad alemana, según lo reseñaba su pasaporte. Su curriculum cuenta que estudió historia y filosofía en su país y también, creo, en Austria. Hacia finales de los años sesenta obtuvo su doctorado en ciencias sociales, presentando una tesis, publicada en varios idiomas, en la que mostraba cómo el pensamiento de Marx había sido en buena medida desvirtuado por Lenin, hecho que, argumentaba, incidió en el fracaso histórico del llamado “socialismo real”. Por cierto, siempre me pareció que, de haber publicado hoy en día una nueva versión de su trabajo, habría incluido un capítulo destinado a analizar la China de nuestros días, metiendo uña en ese invento que la ha convertido en una exitosa economía capitalista, contando con el visto bueno del Partido Comunista, encargado de lubricarlo con vaselina marxista (algo que, por cierto, algunos asoman como modelo ideal para el socialismo criollo).

Apenas treintañero, el profesor Sonntag se vino a Venezuela y desde entonces se quedó por estos lares, que, según decía, le resultaban embrollados, pero a la vez divertidos. Nunca fue un observador europeo que mirara de lejos y con “objetividad”, la realidad local. Al contrario, se enganchó a fondo, esto es, con alma y testículos, con nuestro país, no sólo en el plano académico, sino también desde los lados de la política, siendo siempre uno más de nosotros, en su versión rubia y de ojos azules, y con la infaltable y larga “r” teutona al hablar.

Al rato de llegar, pasó a ser profesor de la UCV, primero en la Escuela de Sociología y luego en el Cendes. Pronto se comenzó a decir en los pasillos universitarios lo bueno que era un tal Sonntag. No tuve la suerte de ser su alumno, pero le debo mucho de mi formación profesional, lo cual digo no para saldar una deuda, sino para no olvidarla. Me precio, pues, de haber leído buena parte de su obra, extensa e influyente, expresión muy importante de las ciencias sociales, no sólo aquí, sino también en América Latina como resultado de un esfuerzo intelectual persistente y original. Siempre fue un pensador crítico “en pleno desarrollo”, atento a las transformaciones de la realidad, muy lejos del dogmatismo y de las formulas sencillas, esas que ofrecen cápsulas y prometen una fácil digestión de la realidad y herramientas sencillas para cambiarla.  En este sentido fue toda la vida un “agitador intelectual” con vocación política, siempre tras los postulados de lo que, por comodidad, llamare la izquierda humanista, postura que le valió no pocos encontronazos con el gobierno chavista. Adicionalmente hay que mencionar sus textos referidos a la institución universitaria, de cuya lectura queda claro que la Universidad debe entenderse como un espacio libre, plural y de calidad intelectual, o de lo contrario es, si acaso, un liceo militar con ciertas pretensiones.

En fin, nadie duda de que este profesor alemán fue uno de los mejores sociólogos venezolanos.

Harina de otro costal

Vi la noticia mediante la cual el Presidente Maduro declaró, en el habitual tono épico, que“…le he dado una orden a Marco Torres y quiero que la ejecutemos pronto para que conformemos una comisión de trabajo, de carácter presidencial, del más alto nivel científico y tecnológico, que tenga como pivotes fundamentales a Pdvsa, a Sidor, a la industrial del aluminio, a la Cantv, y a los principales centros científicos del país, para ir a la definición de un plan de acción para impactar sobre la guerra económica e ir a un proceso profundo de sustitución de importaciones a todo nivel de la economía”. 

Trate de ponerme en modo optimista, pero no pude. La memoria me lo impidió.  En seguida recordé la crítica situación en la que se encuentran las principales universidades nacionales y muchos de los institutos públicos de investigación, la cantidad de profesionales e investigadores que se fueron a otros países, la descapitalización tecnológica del sector productivo, en fin, me acordé de cómo Venezuela le da la espalda a la sociedad del conocimiento y ha hecho de la soberanía tecnológica un cuento chino (lo de chino lo digo en sentido casi literal).  Me puse, entonces, en modo pesimista, convencido que este no es asuntos de “comisiones de nivel presidencial”, integradas por funcionarios que pertenecen al menos a una decena más de “comisiones de nivel presidencial”, de cuyos tristes resultados ya sabemos.  Convencido, pues, de que no hay como encarar el asunto, ni siquiera de plantearlo como Dios manda.