• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

¿Solo una finta?

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I.

Un año después del fallecimiento del presidente Chávez, el panorama nacional no es muy alentador que digamos. El país solo se ve bien por televisión. La elegantemente llamada hegemonía comunicacional casi no nos deja mirar sus lunares, que son muchos, muy oscuros. Apenas disponemos para conocerlos de algunos canales internacionales y de ciertos periódicos, ya casi sin papel. Y también, claro, de las redes sociales, a su modo y en función de sus pasiones. De paso, no está mal recordar que los medios de comunicación son indispensables para que se cumpla la democracia. La verdad debe ser, porque sí, un dato desligado del poder. La información no debe venir envuelta en sermón oficial. Debe nacer de voces diversas. Noberto Bobbio, el intelectual italiano, describió la democracia como el “gobierno del poder público en público”. Lo contrario de, por poner apenas un caso, gastarse 50.000 millones de dólares en armamentos, sin que la decisión haya sido medianamente examinada de cara a los venezolanos, sin calibrar si era mejor dedicarlos a importar alimentos y medicinas.

La difusa utopía humanista de la que se hablaba muy al principio de estos tiempos, tomó el rostro nada amable de una revolución –colectivos armados incluidos– que marcha a su aire de acuerdo con reglas que va inventando a fin de fabricar un Estado de Derecho (tal vez debiera poner comillas) a la medida de sus requerimientos. Y se ha ido pareciendo cada vez más al viejo socialismo real, con injertos provenientes de la peor derecha.

Como se sabe, hoy en día el asiento del gobierno no se encuentra en el Palacio de Miraflores, sino en el Cuartel de la Montaña, desde donde continúa mandando el presidente Chávez, no en balde se inventó el culto a la personalidad. Prueba de ello es que dejó escrito un manual sagrado de instrucciones (el llamado Plan de la Patria) para gobernar el país en los años que vienen y que debe ser seguido al pie de la letra, no importa lo que al respecto opine la terca realidad. No importa, por ejemplo, que después de haberse administrado 800.000 millones de dólares, nuestra economía está desvertebrada, que apenas respire por el pulmón petrolero, y que ello se deba, precisamente, al modelo en marcha desde hace 15 años y que el citado plan aspira a “profundizar”.

 

II.

Indican los politólogos que el poder de la mayoría solo adquiere legitimidad cuando incluye a la minoría. Por ello, añaden, los gobiernos democráticos no solo se basan en los comicios, sino también en el diálogo y en los consensos. Esto es así sobre todo si, de acuerdo con las últimas elecciones presidenciales, esa minoría es, como en el caso venezolano, apenas 1,59% menor que la mayoría, un porcentaje que no permite que el gobierno haga lo que viene haciendo desde hace rato, esto es, apelar a la aritmética para sortear la política.

El país de las dos mitades es inviable. Da vergüenza tener que repetirlo. Y repetir, así mismo, que no hay otra alternativa que el diálogo para coser la vida nacional. El diálogo no puede ser una concesión, bondad del poder. Es obligación democrática. Y además, deseo de la gente, según registran las encuestas. Su única premisa debe ser la Constitución Nacional, no, por cierto, el Plan de la Patria, expresión de un modelo de desarrollo que ya fue rechazado en el referéndum del año 2007.

A la oposición, por su lado, la está afectando la abstinencia electoral. No se mueve con soltura en estos tiempos sin comicios a la vista. Le falta un poco de orden y concierto y le sobra, por inoportuna, la disputa por el liderazgo interno. No ha tenido la suficiente capacidad estratégica para darle cauce e impacto a una protesta que, en sus múltiples formas y maneras (algunas inconvenientes e ineficaces, como las guarimbas), no hay duda de que encarna el rechazo a la gestión de un gobierno que lo hace mal, se tapa los oídos, echó de su léxico la palabra revisión y, lo peor, ennegreció el futuro, principalmente a los venezolanos más jóvenes.

 

III.

Regreso, pues, a lo del diálogo. Imposible no estar de acuerdo con las reuniones que se están realizando en función de la paz venezolana. Pero imposible, por otro lado, dejar de pensar que todo pueda resultar apenas una finta. El alto gobierno mantiene un lenguaje que no ayuda al sosiego. Sigue llamando a la violencia en retórica de amor. Despacha la crisis invocando la amenaza del golpe de Estado y ha sido más enfático en la represión que en la plática política. Su oferta de diálogo es mezquina: en las mesas convocadas no están todos los que son ni son todos los que están y con respecto a los temas abordados, cierto que son todos los que están, pero no están todos los que son.

En fin, las circunstancias no dan para grandes ilusiones. La oposición y, sobre todo, el gobierno, se han quedado cortos frente a la honda molestia colectiva. Pero aún hay espacio para que el diálogo lleve a la paz. Es que, en materia de esperanza, nunca hay que tirar la toalla.