• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

¿Primer presidente verde?

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I.

Muchos politólogos creen que uno de los errores más graves en la Constitución norteamericana es que admite la reelección presidencial. Alexis de Tocqueville afirmaba, por ejemplo, que, “si un presidente tenía como horizonte el voto futuro, cedería ante los chantajes de la popularidad y olvidaría sus responsabilidades esenciales como gobernante”. El discurso del presidente Obama, al inicio de su segundo mandato, pareciera darle la razón. Pendiente únicamente, como está ahora, del juicio de la historia, habló de encarar temas peliagudos para la sociedad estadounidense, entre ellos el control de armas, la reforma migratoria y el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Y aludió también al cambio climático, asunto aún más controversial, dado que su país es el segundo emisor de gas de efecto invernadero en el mundo, al expresar que, aunque algunos no terminen de aceptar el dictamen abrumador de la ciencia (entre ellos, las industrias que más contribuyen a la emisión de los gases nocivos): “Responderemos a la amenaza del cambio climático sabiendo que, si no actuamos, traicionaríamos a nuestros hijos y a las generaciones futuras”.

 

II.

Las dudas –y el desencanto– suscitados por el modelo de desarrollo que ha traído al planeta hasta acá, ya son parte del nuevo sentido común de la época. En el tapete de la opinión pública mundial está sembrada, en efecto, la preocupación por la depredación de los ecosistemas, expresada en crisis de diversa índole que afectan el clima, la biodiversidad, la producción de energía y de alimentos o la disponibilidad de agua. Por ello, ha cobrado cuerpo en los medios académicos y políticos la convicción de que se debe adoptar un nuevo paradigma tecno-económico que no implique el incremento de los riesgos ambientales. En fin, si continuamos por el camino que venimos transitando desde cuando el filósofo inglés Francis Bacon afirmó que a la naturaleza había que explotarla como si fuera una prostituta, para el año 2050 necesitaríamos cuatro planetas como el nuestro para mantener el actual sistema de consumo. La revolución verde es, pues, un imperativo civilizatorio, a fin de comenzar a torcerle el cuello al vigente patrón de desarrollo.

 

III.

Obama ha asumido, así pues, un problema duro de roer y que hasta ahora los terrícolas hemos encarado de manera deficiente, por no decir desganada. Así las cosas, no debe sorprender, entonces, que el Protocolo de Kioto sobre Cambio Climático haya expirado sin cubrir las expectativas que despertó y los posteriores acuerdos suscritos en Copenhague (2009) y Durban (2011), así como el de Doha (diciembre 2012), se hayan quedado cortos y dejado al mundo sin un aceptable tratado multilateral que ponga orden y concierto en esta materia. No terminamos de asumir que, en estos tiempos globalizados, la interdependencia es un mandato y que la soberanía nacional debe ser repensada en la medida en que se ve rebasada por problemas que, como éste, no pueden ser afrontados de manera aislada.

En estas circunstancias, el discurso de Obama adquiere, desde luego, mayor valor político. Siendo el primer mandatario negro de Estados Unidos pudiera ser también el primer presidente verde. Ojalá.

 

Harina de otro costal

Por más que sea una barajita repetida, resulta imposible no hablar de la cárcel de Uribana, de sus casi sesenta muertos debido a una requisa efectuada para poner orden (?), cuarenta de ellos sin sentencia debido al consabido retardo procesal, causa de un hacinamiento brutal. Difícil no hablar, así pues, del tráfico de armas, de la compra-venta de drogas, de las acciones delictivas –robos y secuestros, por ejemplo– que se maquinan desde su interior. Y, sobre todo, no referirse a una organización criminal que se había hecho cargo del gobierno en el penal privatizándolo de hecho, como ocurre, a pesar de haber llovido tanto socialismo, en todos los centros penitenciarios del país.

Inexplicable no volver a decir, entonces, que la revolución tampoco ha llegado a las cárceles. Reiterar que las muertes no cesan, los derechos humanos son apenas mala retórica, la corrupción prevalece y los pranes continúan mandando, mientras el vicepresidente responsabiliza al capitalismo y la ministra culpa a las televisoras en su afán de permanecer en el cargo, luego de más de seiscientos presos asesinados a lo largo de su gestión.