• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

Lysenko y el IVIC

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I.

Vuelvo a escribir sobre IVIC.  Sobre su transformación en el Ivecit. Sobre lo que implica para la propia institución y lo que supone como visión del desarrollo tecno científico venezolano. Aclaro que no es que uno se oponga al cambio, sino que se opone a este cambio, a las razones que lo defienden, a los propósitos que persigue y a las secuelas que puede traer. Me parece que muestran, también en este ámbito, que el socialismo del siglo XXI es fábula revolucionaria. Que la transición que vive el país es más bien, hacia el socialismo del siglo XX, el que se volvió añicos con la caída del Muro de Berlín, el que Cuba mantiene boqueando y China sólo en apariencia, pues todos sabemos que lo enterró con autorización del mismo Partido Comunista. Por eso vuelvo a escribir sobre el IVIC. Me explico.

II.

Me acuerdo del dicho popular: Si tiene hocico y cola de perro y, además ladra, es perro. Si tiene autoritarismo, culto a la personalidad, disminuye las instituciones encargadas del arbitraje social, controla la actividad económica, raciona a conveniencia la democracia, promueve la hegemonía comunicacional, manipula políticamente los programas sociales, mira con negligencia la corrupción de los partidarios, judicializa la política, es opaco en el manejo de las cifras de interés público, confunde la disidencia con la traición, privilegia la propaganda sobre la información, decreta el estado general de sospecha prescribiendo la vigilancia sobre la ciudadanía a través de un combo de leyes que remata en las redes de patriotas cooperantes, es decir, si parece y actúa como el socialismo del siglo XX, cabe concluir, entonces,  que es socialismo del siglo XX.

III.

Pasado el primer tercio de la centuria anterior, en pleno tiempo de Stalin, el científico ruso de mayor influencia política fue Trofim Lysenko, un ingeniero agrónomo que, según decía el líder soviético, representaba la encarnación del mítico genio campesino, alguien completamente diferente a aquellos investigadores de formación académica. Contada su historia en muy pocas palabras, Lysenko prometió aumentar la producción agrícola haciendo a un lado las leyes de la genética, las cuales representaban a la ciencia burguesa y no cabían dentro del marxismo porque suponían una visión aristocratizante de las labores de investigación. Cabe señalar que, además, censuró políticamente a los científicos académicos, alegando que su trabajo no ayudaba al pueblo soviético. Lysenko fracasó y cayó en desgracia y se le recuerda  como el causante del retardo soviético en ciertos campos de la investigación.

No eliminaremos al IVIC, eliminaremos la ciencia que no es útil para el pueblo, afirmó hace unos días el vicepresidente Arreaza. Admito que puedo pecar de exagerado, pero ¿no suenan a Lysenko esta y otras cosas que se vienen haciendo y diciendo?  ¿No es como demasiado socialismo del siglo XX?

IV.   

Hoy en día es moneda de uso común señalar que la ciencia es un fenómeno social que no empieza y termina en el laboratorio. Que no es la única forma de conocimiento. Que la participación de la gente en lo que atañe a su desarrollo es condición de ciudadanía en la democracia actual. Y que el Estado tiene la obligación de indicarle prioridades. Lo que ocurre es que el gobierno asoma un discurso parecido, pero lo desvirtúa. Usa las mismas palabras para significar cosas distintas, hasta contrarias. La Ley del Ivecit es un buen ejemplo. Parece moderna, pero es anticuada. Luce democrática, pero no lo es.

V.

A manera de posdata confieso que escribo este artículo queriendo estar equivocado. Queriendo saber de algo que no sé y entender algo que no entiendo que me haga preguntar cómo diablos se me ocurrió pensar que Lysenko tuviera algo que ver con nuestra política científica. Créame, lector, que es así.