• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

Lenin, Lennon y yo

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I. Cuenta la Biblia ­ lo dicen hasta los no creyentes -, que Dios creó el mundo en seis días y para el séptimo inventó el descanso, agotado por la faena,
imagínese usted, hacer el universo en tan poco tiempo. Estableció, así, el derecho al reposo, aun cuando después le dijera a Adán, tras el incidente
con Eva, que tendría que ganar el pan con el sudor de su frente. Quedaron, pues, instaurados, por orden divina, la siesta, los fines de semana, los
feriados patrióticos y religiosos, los puentes y, desde luego, las vacaciones.

En nuestro país, la vida está organizada para que el mes de agosto sea el destinado a las vacaciones y cada uno se las apaña para que le vaya lo mejor
posible, de acuerdo con sus posibilidades y preferencias, los cuales, por cierto, no siempre coinciden: por lo general las preferencias exceden de largo a las posibilidades.
Como todo el mundo, yo estoy, así pues, disfrutando de unas merecidas (¿nunca son inmerecidas?) vacaciones. Tendido a orillas del mar ­la naturaleza no ha inventado nada mejor para acercarse al cielo-, se me ocurre, visto que para eso fue inventada la ociosidad, pensar en lo que son las vacaciones, cómo se las puede entender, y escribir al respecto. Es que mientras esté en la playa no quiero ocuparme de este país, siempre a punto de cortocircuito, en el que ahora vivimos.

II. Siento, pues, que las vacaciones pueden servir para saldar el déficit de sueño que te adeuda la existencia o, según el caso, levantarte lo más temprano posible a fin de tener más tiempo para no hacer nada. Para haraganear, deambular sin oficio ni beneficio, sin tener un cronograma
puesto de corset. Hacer del ³dolce far niente² una consigna a muerte. 

Escrutar el cielo y descifrar su mensaje a través de las nubes, como si éstas fueran las sombras de un test psicológico. Probar esta suerte de aperitivo ideológico de la sociedad del ocio, regida por el ³derecho a la pereza², según lo vaticinó Paul Lafargue, yerno de Marx. Recordar que el exceso de realidad es nocivo para la salud, más que el tabaco. Y también para pensar en las musarañas.

Las vacaciones pueden servir, así mismo, para conocer a qué sabe la vida cuando no andas apurado. A qué sabe cuando no tienes nada pendiente y te
encuentras desbordado por la sensación de libertad. A qué sabe tener tiempo para pensar en cosas que el trabajo no te permite pensar, por ejemplo, si
algún día perderá vigencia la ley de gravedad o dónde estará escondida la fórmula de la Coca-Cola. A qué sabe mirarte la muñeca, ver que no tienes
puesto el reloj y caer en cuenta de que el sol marca los tiempos con mucho más delicadeza y sosiego, aunque tal vez no sea tan meticuloso contando
minutos y segundos.

Las vacaciones pueden servir, por otra parte, para conocer a qué sabe dejar guardada la realidad en una caja fuerte, cerrada con doble llave para que no
se mezcle con la arena y te distraiga del complejo dibujo que van trazando las nubes. Y, sobre todo, pueden servir para que te reiteres la promesa de
que tu vida no sea algo que ocurra mientras estás ocupado de otras cosas, como decía John Lennon.

III. Por último, las vacaciones pueden servir para saber que al llegar a su fin, toparás de nuevo con la realidad, muy incómoda y áspera en el actual formato venezolano, que te las verás con su terquedad, como solía recordar Lenin, o sea, con la latica de sardinas que llevas a tu casa y ahora cuesta tres veces más que hace poquito. Para saber, así pues, que no hay interpretación que disimule el precio para que te parezca que no es el que es, aunque
nuestro gobierno crea que la ideología da para eso y mucho más. 

Harina de otro costal

Me entero de que, en algunos círculos, se debate sobre la utilidad de la Economía, debido a su limitado poder predictivo, según dicen.
Algún chistoso ha dicho que los economistas son buenos explicando por qué no pasó lo que dijeron que iba a pasar. Lejos de mí, humilde sociólogo, terciar
en semejante discusión. Pero de puro asomado diré que la Economía debiera ser una rama de la Psicología para, por ejemplo, poder entender los
mercados. Cierto, éstos se deprimen, son volátiles, veleidosos, asustadizos e inestables, entran en pánico y pueden ponerse nerviosos. También se
excitan con el manoseo de la publicidad.