• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

Hago cola, luego existo

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I.

Casi sin que nos diéramos cuenta, las colas se han convertido en el dato más importante del paisaje venezolano. Un dato que nos expresa a todos, sin distingos de ninguna especie. Un dato que recoge nuestra vida de cada día.  Hago cola, luego existo, habría dicho Descartes de encontrarse en Venezuela, aguardando su turno para poder comprar dos tubitos de pasta de dientes en el Bicentenario de la esquina. Parece, pues, que “la mayor suma de felicidad posible” es hoy en día una kilométrica hilera de gente a las puertas de un mercado o de una farmacia, esperando tener suerte. Cierto, entre nosotros el acceso a la comida y a las medicinas se ha vuelto  una lotería.

Las colas muestran sin tapujos el desgobierno del gobierno y le pusieron al país cara de recesión. La caída de los precios petroleros lo sorprendió con los pantalones abajo: preso por el legado del presidente Chávez y con el barril a mitad de precio, insuficiente para financiar la revolución bolivariana, que no es nada barata. Llegó, pues, el momento de la anti épica, la hora de sacar cuentas, sumar y restar, ver si los números cuadran y si el voluntarismo ideológico calza con ellos. Cablecito a tierra, diría un electricista.

La utopía socialista se derritió en las colas, confirmando que durante los últimos años el libreto oficial dejó de encarnar una aspiración social, para convertirse una propuesta ofuscada por el poder. Uno lo dice con pena: hubiese querido ver, tantos años después, que la obra hecha guardara relación con la esperanza inicial de la gente. La Venezuela Sin Colas es, ahora, nuestra modesta utopía.

 

II.

El presidente Maduro realizó un peregrinaje internacional solicitando oxigeno financiero. Fue un desafortunado viaje que sirvió para comprobar que la solidaridad de los “países hermanos” viene limitada por la propia conveniencia. Resulta cuesta arriba ayudar al país como está.  Dicho en chino: si no hay leal, no hay lopa.

El gobierno nos ha querido explicar la crisis alegando su inocencia en relación a los problemas que confrontamos. Argumenta, por ejemplo, que la caída de los precios petroleros deriva de los aprietos del capitalismo mundial, ya en su fase terminal (que opinarán de esto los chinos, por cierto). O que es resultado de las nuevas tecnologías que, con alevosía y premeditación, han inventado los americanos para sacar petróleo de las piedras. Y hasta se ha llegado a decir, así mismo, que el desmadre nos viene de la gestión de adecos y copeyanos, en el siglo pasado. En fin, de todo un poquito, pero siempre en formato de “yo no fui”.

En la misma dirección, el diagnóstico oficial insiste, sobre todo, en que se trata de una “guerra económica” librada por la derecha vernácula y el imperialismo internacional. Por tanto, ha diseñado medidas de control a cargo de comandos burocráticos que piensan y actúan en clave bélica contra acaparadores, especuladores, contrabandistas de extracción, revendedores y afines, suponiendo que quieren derrocar al gobierno, mientras uno, economista de a pie, cree más bien que lo que pretenden es hacer negocios, sacándole el jugo a las extraviadas políticas oficiales.

 

III.

El gobierno debe desandar caminos, el motor revolucionario esta fundido. Debe mirar alrededor del planeta y constatar que nadie transita similares caminos. Observar, por ejemplo, que entre las naciones aliadas, China juega a otra cosa, mientras que Cuba mantiene la retórica fidelista como vaselina para hacer lo contrario de lo que se proclama en los discursos. Debe entender, pues, que el siglo XXI viene envuelto en otros códigos y reconocer que hay una izquierda 2.0, muy diferente a la que ha inspirado el proyecto bolivariano.

La economía anda mal, cierto, pero la política anda peor. El país tiene el agua el cuello y luce incapaz de lograr los acuerdos imprescindibles a fin de solventar sus dificultades. A veces da la impresión de que una buena parte de la élite dirigente, sobre todo de la oficialista, anda en otro talante.  ¿Será que Dios proveerá también en este caso?  Entonces no nos queda otra sino rezar.

Harina de otro costal

Visto lo que ocurre en el país, cualquiera se pregunta en qué habrá pensado mi general Padrino López cuando redactó la resolución número 008610. Dicho con el debido respeto, a mí no se me ocurre nada bueno.