• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

Hágase la eficiencia

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I.

 Que nuestro Estado no da la talla es cosa que se viene diciendo, de diferentes maneras y hasta por distintas razones, desde tiempos remotos. Que es demasiado grande, también dispendioso e ineficiente, que actúa en donde no debe y no actúa donde debe, que es susceptible de ser “colonizado” por intereses privados y parcialidades políticas y, encima, se encuentra manejado por gente inexperta y, en muchos casos, no del todo honrada, llevada hasta sus oficinas de la mano de algún compadre influyente. La de cambiar de raíz al petroestado ha sido, pues, una vieja e importantísima asignatura pendiente entre nosotros. Y la ha sido, desde luego, para el actual gobierno desde que se inició en 1999. En efecto, la crónica de estos casi tres lustros revela que se crearon nuevos ministerios, se fusionaron algunos, se les cambió de nombre a otros, se fundaron no pocas instituciones, se inventaron las misiones, se aprobaron decenas y decenas de leyes y quién sabe cuántas cosas más, sin que nuestro sector público lograra moverse más allá de unos centímetros en la dirección exigida, al tiempo que desde el Gobierno domina la idea de que éste debe ocupar más espacios, asumir más objetivos y regular más actividades. Resulta ser, entonces, que, así como anteriormente –mientras soplaban los vientos neoliberales–, era visto casi como un estorbo necesario, cuya presencia debía pasar lo más inadvertida posible, ahora hay una infinita fe en sus bondades y capacidades intrínsecas. Cuanto más Estado mejor, es, entonces, el lema que ahora nos rige, sin que se le haya sometido al imprescindible trabajo de cambio y reparación a fondo, posiblemente ni siquiera de mantenimiento, el cual, como dije, ya se consideraba urgente hace un buen rato.

 

 II.

 

Aconseja Perogrullo, no recuerdo en cuál de sus obras, que después de cumplida alguna etapa de la vida, se haga un alto en el camino a fin de saber si se viene bien por donde se viene o si, por el contrario, se impone la escogencia de otras rutas. Uno esperaba, entonces, –puesto que en materia de esperanzas nunca hay que tirar la toalla–, que el Presidente sufriera un ataque súbito de reflexión después de casi tres lustros de mandato y, estando próximo a transitar un nuevo sexenio, agarrara papel y lápiz y sacara cuentas. Sin embargo, y pesar de enarbolar la siempre a mano bandera de la autocrítica revolucionaria, sólo reconoció, como falla principal de su gestión, la falta de seguimiento de las ideas y proyectos y ineficiencia que de allí se desprende. Nos dio a entender, y así lo entendimos, que el gran problema de su gestión no radica en las políticas inadecuadas que, por ejemplo, han determinado que el desarrollo endógeno dependa vitalmente de un menú infinito de importaciones o que, por señalar solo otra cosa, la transformación productiva se haya disuelto en la renta petrolera, ni, por otro lado, en la existencia de un aparato estatal medularmente mal configurado, sino en el hecho, apenas, de que el Gobierno no es capaz de recordarse a sí mismo cuáles son las cosas que se ha propuesto hacer y precisar cómo anda su ejecución. En fin, todo marcha viento en popa en el país –no olvidemos que el presidente Chávez es el principal fan de sí mismo–, sólo falta una minuta que le salga al paso a la amnesia burocrática y ordene un poco los proyectos aprobados a fin de que se vayan cumpliendo.

 

III.

En consecuencia, y según ya es un hábito institucional cuando asoma la cara algún problema, siempre gracias a la percepción presidencial, el remedio pareciera ser el invento de un nueva organización, si ministerio mejor, como nos lo recuerda el reciente caso de las cárceles. En esta ocasión la respuesta ha sido la creación del Ministerio del Poder Popular de la Secretaría de la Presidencia y del Seguimiento de los Proyectos y, por supuesto, un lema –“Eficiencia o nada”, sentenció el primer mandatario, anunciando la que seguramente será por un tiempo su nueva mejor consigna–, mientras uno, tentado por el escepticismo, siente que el asunto es demasiado grueso como para ponerle sólo una curita gerencial, en vez de someterlo a una cirugía política mayor.

La eficiencia ha sido, pues, ordenada. Habrá que ver cuánto le da por obedecer a la realidad.