• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

Un discurso para el olvido

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I.

No soy nada original. Me encuentro dentro del gentío que, más allá de sus afanes ideológicos y políticos, considera que ese discurso pronunciado el pasado 19 de abril fue un discurso para el olvido.

 

II.

Un discurso para el olvido porque sobró épica y faltaron nueces.

Porque mostró más gestos que ideas.

Porque fue innecesariamente largo para lo poco que expresó.

Porque no fue humilde ni tampoco sabio, además de que le faltó sentido común.

Porque Cristina lo aplaudió mucho, mientras que Dilma lo hizo con apenas diplomática discreción.

Porque fue pronunciado desde una trinchera y no en el Parlamento nacional.

Porque fue dicho como si el triunfo electoral hubiese sido holgado y una victoria apretada, una a cero con necesidad de prórroga.

Porque puso en evidencia que el comandante fue un líder imprescindible (y que no se tome esto como lisonja para Chávez).

Porque fue pronunciado por el sacerdote de una secta, dirigido sólo a sus feligreses.

 

III.

Un discurso para el olvido porque fue absurda e injustamente sectario con la mitad del país.

Porque fue recorrido, casi todo, por la lógica de combatir al “enemigo”.

Porque no se detuvo a pensar a qué se debe que tantos “enemigos” miren con desconfianza el “proceso”.

Porque se prefirió la hegemonía al pluralismo.

Porque se refirió al diálogo político con agresividad.

Porque admitió la posibilidad de hablar hasta con el diablo, dejando sembrada la duda de si en esa posibilidad cabían los que no son chavistas.

 

IV.

Un discurso para el olvido porque perdió la oportunidad de anunciar una nueva etapa en la vida del país, de mirar para atrás y aventurar nuevas rutas.

Porque mostró que el culto a la personalidad sobrevive a Chávez.

Porque no pareció comprender que la simbología chavista no alcanza para gobernar.

Porque perdió la ocasión de anunciar el regreso de la política, luego de una época larga de caudillismo, es decir, de antipolítica.

Porque desperdició el momento para asomar un balance crítico de lo bueno, lo malo y lo feo de estos últimos catorce años.

Porque sólo admitió la necesidad de efectuar reparaciones menores, cuestión de pintura y latonería.

Porque tragó completico el legado político de Hugo Chávez, también las espinas, es decir extravíos, desmesuras y confusiones.

Porque no mostró duda alguna de que el país debe seguir yendo por donde viene viniendo al compás de un modelo de desarrollo al que no se le identifican grietas.

Porque partió de la premisa de que la votación chavista es un endoso claro a la propuesta del socialismo del siglo XXI y no una suma heterogénea de motivaciones y emociones, mayormente legítimas, que poco tienen que ver con ese proyecto.

 

V.

Un discurso para el olvido porque buscó siempre sortear las interpelaciones provenientes de la necia realidad.

Porque puso de manifiesto que no se tienen inventariadas las enormes y variadas complejidades que el país deberá afrontar a lo largo del próximo sexenio.

Porque no pareció tomar en consideración las cuentas por pagar –económicas, políticas e institucionales– que dejó el antecesor.

Porque supuso que el chavismo sin Chávez puede ser como el chavismo con Chávez, todo es asunto de construir e invocar el mito.

Porque ni de lejos pareció prever la posibilidad, para nada descartable, de un chavismo sin (tanto) petróleo, situación que resultaría mucho más complicada que la de un chavismo sin Chávez.

 

VI.

En fin, un discurso para el olvido porque no transmitió tranquilidad a la sociedad.

Porque comunicó la sensación de que el país no se encuentra en buenas manos.

 

Harina de otro costal

He seguido de cerquita, por mandato genético, el desempeño de la selección Vinotinto, versión chamitos, la dirigida por Rafael Dudamel. A ratos, me pareció que, respetando las diferencias de edad, es más que nuestra actual selección nacional, la que conduce Farías. Tiene eso que los entendidos llaman oficio a un grado que resulta sorprendente en quienes apenas están saliendo de la adolescencia. No tengo duda, pues, de que asistirán al próximo mundial de fútbol en la categoría Sub 17.

En fin, un equipazo que me ha hecho sentir al país como afán común, al menos por un ratico, los noventa minutos de cada partido.