• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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Ignacio Ávalos

Chamitas y chamitos embarazados

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I.

Me asusto viendo algunos números y me asombro de que casi no reparemos en ellos. Venezuela es el país suramericano con la tasa más alta de madres adolescentes. Una de cada 5 madres es una jovencita, no pocas veces de apenas 12 años. De los 600.000 embarazos registrados anualmente, 120.000 son de muchachas, provenientes, en su inmensa mayoría, de los sectores más pobres. En fin, hay una muy grave situación dibujada y diagnosticada en diversos informes, sostenidos en cifras que solo cambian para empeorar. Pero, más allá de las estadísticas, hay una dolorosa tragedia personal y familiar, cuyas secuelas resultan difíciles de exagerar.

 

II.

Las chamitas embarazadas hablan muy mal de nuestra sociedad. Pésimo. Dejan ver que no ha sabido cómo cuidarlas e impedir que den a luz cuando todavía no les toca, como tal vez también lo hicieron, en muchos casos, sus mamás y sus abuelas. Que no ha sabido cómo mostrarles que la maternidad no tiene por qué ser una circunstancia azarosa y desgraciada que les pone la vida cuesta arriba y chiquitica cuando apenas comienza. Que no ha sabido, en suma, enseñarles que el embarazo debe ser una decisión libre que solo puede depender del amor.

Esta situación tiene también su lado oculto: la del chamito embarazado. Según parece, no hay estudios que reporten cuántos varones adolescentes son padres ni que expliquen cómo encaran una situación en la que, según es fácil sospechar, la cultura machista tiene mucho que ver. Tampoco se dispone de programas de prevención exclusivos para ellos, ni organizaciones que los orienten. No obstante, nada hace pensar que su caso sea distinto al de las madres precoces, y no cabe duda de que aterriza en efectos equivalentes, todos apuntando a empañarles el futuro.

 

III.

En el país épico en el que ahora vivimos, atrapado por la telaraña de las Grandes Palabras, estos chamitos y estas chamitas parecieran ser un rasgo cualquiera del paisaje social. Un rasgo que apenas se nota, que se nos ha vuelto costumbre nacional.

 

Harina de otro costal

Examiné durante estos días el magnífico y útil “Estudio de Opinión Pública Cuantitativo: Percepciones ciudadanas del Sistema Electoral Venezolano”, elaborado recientemente por la UCAB.

Entre sus datos cito apenas algunos (puede verse completo en www.politikaucab.net): una parte importante de los venezolanos cree que el voto no es secreto (51%); que las irregularidades son cotidianas en los procesos electorales (75%); que las condiciones de campaña son inequitativas (63%); que las máquinas de votación permiten que se cambie el voto (41%) y que es dudosa la autonomía del CNE (56%).  En síntesis, estos y otros porcentajes contenidos en el trabajo hablan de un Poder Electoral que, de acuerdo con la percepción de la gente, no actúa como debiera actuar. Cabe presumir, entonces, que la manera como hoy en día se encuentra integrada la directiva del organismo repercute en buena medida en esta imagen. 

Dentro de poco tiempo la Asamblea Nacional tendrá que designar a tres rectores (y sus suplentes) a partir de los candidatos recibidos en el Comité de Postulaciones. Es esta, sin duda, una buena oportunidad para enviar un mensaje de confianza de cara a las próximas elecciones y sería una pésima noticia que, por no llegarse a un acuerdo en el Parlamento, la decisión quedara en manos del TSJ. Dadas las complicadas circunstancias por las que atraviesa el país, es imprescindible tener un juez que sea percibido imparcial por todos y que no sea parte relevante, como lo ha sido hasta ahora, de la polémica electoral. Que cumpla, pues, con un axioma que gobierna en el fútbol: el mejor árbitro es el que no se nota.